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Fomo: el miedo a quedarse afuera.

Por Inés Fornés y Mariana Montaña
marianammm@gmail.com

¿Alguna vez te detuviste a observar a una persona con un dispositivo móvil en su mano en una situación de espera? Probablemente esté “rolleando” contenido en alguna red social. Esta acción tiene un parentesco con el “zapping”, saltar de canal en canal buscando quién sabe qué, para satisfacer una sensación de lo bueno o lo novedoso.

En la experiencia de las redes sociales, es cada vez más habitual el término “fomo” –en inglés, “Fear Of Missing Out”– sería algo así como el temor a quedarse afuera. Tanta información genera un estado de ansiedad por estar mirando los posteos que llama la atención.

“Ya no es como antes”

¿Por qué repetir una conducta que me hace mal? Es que en un primer momento, nos resultó placentera. Allí, en nuestro cerebro se liberó dopamina, sustancia que favorece el aprendizaje basado en la recompensa. Cuando
realizamos algo que nos da placer o que nos sirve para adquirir aquello que necesitamos, se genera una interacción neuronal para reforzar un aprendizaje sobre una acción o conducta para el futuro. Este circuito favorece la supervivencia, porque nos ayuda a recordar aquello que nos da placer para poder volver a repetirlo.

Una vez aprendida la conducta, el mayor pico de dopamina se libera entre el momento previo a la conducta y la recompensa. Es decir que si yo deseo ver el posteo de alguien que me gusta y me da placer, dentro de mi cerebro se liberará dopamina y el mayor pico se va a dar en el momento previo a ver el posteo, luego del primer vistazo la liberación de esta sustancia disminuye.

Los adultos, aunque desean esperar, terminan accediendo a comprar un celular a sus hijos pequeños “para que no se queden afuera de las interacciones de sus compañeros.”

Si todos los días busco esas imágenes, con el correr de los días ese placer va a disminuir y ya no va a ser lo mismo. Pero, como mi cerebro aprendió que eso era algo bueno, va a intentar repetirlo esperando desarrollar la misma reacción. La tarea de desaprender algo es más difícil. Cuando queremos lograr algo, la dopamina funciona para ayudarnos a sostener el esfuerzo que implica. Pero si le enseñamos a nuestro cerebro a recibir todo de manera inmediata, es probable que saturemos el sistema y que luego no funcione igual y nos cueste poner el esfuerzo en logros mayores.

“Me dejan afuera”

En otro tiempo era común ver a los adolescentes discutir con sus padres por ir a un encuentro o asistir a determinada fiesta, argumentando que “van todos” y no ir significaba quedarse afuera, perderse algo. Hoy no alcanza con eso. Con la aparición de las redes sociales los adultos, aunque desean esperar unos años más para darle un celular a su hijo pequeño, terminan accediendo
antes de tiempo para que sus hijos no se queden afuera de las interacciones de sus compañeros.

Hace unos meses, el colectivo Faro digital presentó su informe sobre Ciudadanía digital y adolescencias. Allí surge una mirada crítica de muchas adolescencias que hubiesen preferido no comenzar a tan corta edad con el uso de teléfonos celulares. Creen que fueron muy pocos los consejos, cuidados y limitaciones que tuvieron de parte de los adultos de su círculo cercano, familias y educadores. Plantea el estudio: “Las mismas adolescencias manifiestan que, si pudieran volver el tiempo atrás, elegirían no tener un celular a los 9 o 10 años”.

Como adultos, ¿qué acompañamiento fui realizando del ingreso de mi hijo/a en el universo de las redes sociales o los juegos online? ¿Qué posibilidades de diálogo fuimos generando para conversar sobre esos miedos y ansiedades?

Algo de real debe tener

Los jóvenes tienen conocimiento de que muchos influencers compran seguidores, saben que eso es una estrategia de marketing, un mercado de aprobación. Y como todo mercado, tiene ofertas y demandas de productos y servicios que se regulan por un juego bastante arbitrario; sin embargo configuran una fantasía de belleza, de estatus social, de actitud positiva ante la vida. Está todo armado, pero no logramos salir de ahí. Nos hacen creer que “todos son felices, menos y”; una actualización del refrán “el pasto siempre es más verde en la casa del vecino”.

Observar lo propio con los mismos ojos que observo al resto es un ejercicio de interioridad que lleva tiempo y un entorno que me ayude a abrir esa mirada. Todas las emociones tienen un valor positivo, aún las más desagradables como la angustia. La emoción nos viene a dar información, el tema es que hacemos con eso. Ocultar o tapar no soluciona el problema, solo lo hace crecer. Retomemos el camino de las buenas conversaciones, en pequeños grupos, con familiares y amigos, en un espacio de confianza con un buen compartir. Allí está nuestro poder como seres humanos viviendo en sociedad.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – MARZO 2023

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