Trabajar con otros nos hace fuertes

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El compromiso común anima la presencia salesiana en la localidad de Don Bosco, Quilmes.

Por Ezequiel Herrero y Juan José Chiappetti
redaccion@boletinsalesiano.com.ar

En algunos sectores, grupos o lugares parece casi una misión imposible acordar y trabajar con quienes no piensan exactamente igual, pero en la localidad de Don Bosco, partido de Quilmes, se vuelve indispensable para hacer frente a una realidad que golpea con dureza. Centros materno infantiles, comedores, apoyo escolar, oratorios, jardines de infantes, colegios primarios y secundarios, Hogares de Cristo, una cooperativa de cartoneros, panadería y talleres de Formación Profesional. Las propuestas y actividades son diversas y complementarias, pero todas tienen dos características en común: se sostienen con el compromiso de los vecinos y a partir de un trabajo articulado y en red.

Solo no se puede

Los salesianos de Don Bosco son una de las veinticinco instituciones que existen en el territorio y si bien no todas tienen los mismos intereses y objetivos, eso no les impidió en varios frentes establecer algunos acuerdos y coordinar un trabajo en conjunto. El hermano salesiano Daniel “Coco” Romanín, que forma parte de la comunidad religiosa, explica que esto se
profundizó con la pandemia. Curiosa paradoja: en tiempos de aislamiento, la respuesta fue consolidar el trabajo en red.

Adriana conoció a los salesianos a través del oratorio y lleva 24 años viviendo en el mismo barrio. Si bien reconoce que son varias las carencias, enseguida identifica un gran potencial: “Esta solidaridad que se ve acá yo no la veo en otros barrios. El trabajar en red es lo que nos hace fuertes

“La solidaridad que se ve acá yo no la veo en otros barrios”, Adriana, referente del centro materno infantil.

Luis es presidente de la cooperativa de cartoneros que brinda trabajo a varias decenas de vecinos: “Hay una cuestión de aportar un granito. Para estar bien yo, el de atrás tiene que estar bien«. Cuidar la vida es una de las certezas que persigue este trabajo en conjunto.
La hermana Cecilia Lee, es parte de una comunidad de religiosas franciscanas misioneras de María y vive desde hace 20 años en Villa Itatí: “En nuestra congregación, somos pocas pobres y frágiles, pero gracias a eso aprendimos a construir con otros. Ese es el camino que estamos haciendo acá. El Reino de Dios es así, no depende de nosotros pero todos ponemos un granito de arena”.

Por su parte, Antonio “Toni” Fierens, salesiano y director de la obra Don Bosco – Esperanza Grande, también destaca la importancia de la fe a la hora de buscar el bien común: “La solidaridad surge naturalmente en muchas personas, pero cuanto más cerca se está de Dios, más se busca hacer algo para los demás. Es seguir a Jesús. Él nos propone amar, servir y preocuparse por otros. Hay gente que ha entendido el mensaje del Evangelio y encuentra la fuerza, la energía y las ganas de hacer eso.

A una hora del Congreso

Por supuesto que también existen serias dificultades que se padecen cotidianamente, sobre todo en el sector más humilde del barrio: Villa Itatí. Se estima que allí viven entre 45 y 50 mil personas de las cuales –según el último censo de barrios populares realizado en el 2018 por la provincia de Buenos Aires– solo el 24% cuenta con cloacas, el 81% accede a la red eléctrica de manera informal y el 95% no posee servicio de gas natural.

Se estima que en Villa Itatí viven entre 45 y 50 mil personas. El barrio tiene forma de embudo, y la Cava es el punto más bajo, por lo tanto el más inundable y el más precario.

Quienes recorren cotidianamente sus calles y pasillos también describen otras realidades que no siempre se reflejan en datos estadísticos, y que tampoco parece conmover a una gran parte de la dirigencia política que en tiempos electorales sólo parece enfocada en organizar listas y repartir cargos. La hermana Cecilia explica que para ella, como mujer creyente, ese es el lugar de encuentro con Jesús, “…con el mundo del dolor, del sufrimiento, pero también de la lucha, de la resistencia para vivir la vida con más dignidad”. “Toni» Fierens destaca que “muchas personas del barrio quieren salir adelante, luchan por su familia y buscan trabajo. A veces las dificultades que se presentan son las mismas dentro de la villa como fuera de la villa”.

Por su parte, Romanín identifica tres grandes problemáticas: “La principal creo que es habitacional, muchas familias viven en espacios muy reducidos, van creciendo y no hay lugar para construir. Y otra es la educación, tal vez la gente no lo percibe de manera inmediata, pero se ve a la hora de buscar trabajo o escuela para los chicos”.

Una mención aparte merece el consumo de sustancias, el gran problema que los religiosos identifican que no para de crecer: “Fue como una gota de aceite que fue penetrando y complicando todo los aspectos, laborales, las relaciones en las familias, el estudio y el trabajo”, ejemplifica Coco. La hermana Cecilia concluye: “desde el vientre materno los chicos a veces se ven expuestos a consumir paco por la adicción de sus mamás y no pueden desarrollarse como se debe”.

Cuidar la vida

En este contexto y con el propósito principal de cuidar las vidas más frágiles se van desplegando de manera silenciosa, cotidiana y con mucho esfuerzo diferentes propuestas que son motivo de orgullo de consagrados y laicos.

En Junquitos, una pequeña pero muy prolija construcción, tres veces por semana se congrega un grupo de mujeres junto con sus hijos pequeños: “Es un espacio para que las mamás se sientan acompañadas, sostenidas, para compartir maternidades reales. Acá aprendemos a ser mamás con otras mamás”, explica Adriana, una de las referentes. Además allí funciona también una escuela de adultos, un centro de alfabetización y un oratorio los sábados.
A unos pocos metros Marcela, Juan, Sunilda, Nancy y Martín lunes, miércoles y viernes cocinan más de 350 porciones de comida que reparten entre la gente del barrio. Es uno de los puntos solidarios que comenzó con la pandemia y que se extendió en el tiempo. “Somos del barrio y gracias a esto nos conocemos más. Además de cocinar compartimos una lectura, una oración o una reflexión que nos traen los salesianos, eso está bueno”, afirman.

Con la pandemia de COVID 19 algunos vecinos comenzaron a cocinar para quienes no tenían el alimento asegurardo. Hoy reparte 350 raciones tres veces por semana.

La Casa Laura Vicuña, ubicada frente a la sede de la obra salesiana, es otra propuesta que también está en clave de cuidar la vida. Se trata de una casa de acompañamiento y crianza comunitaria para adolescentes de entre 13 y 20 años. Allí las jóvenes que llegan comparten la vida cotidiana, con sus responsabilidades, quehaceres, alegrías y tristezas. “El mayor desafío es
acompañar a estas jóvenes que vinieron muy destruidas, con niñeces arrasadas
–explica Roxana, trabajadora social y una de las referentes del espacio– y ser esos adultos seguros que no tuvieron cerca en su rol de adultos. Sostener un espacio que las contengan, donde puedan transitar su
adolescencia y retomar cosas de su niñez, por ejemplo que les lean un cuento o que las ayuden a hacer la tarea
”.

“El consumo fue como una gota de aceite que fue penetró y complicó todo”, Daniel «Coco» Romanín, salesiano coadjutor.

Mientras tanto en el Hogar Valdocco, a pocos metros de allí, un grupo de jóvenes y adultos varones comparten la vida y la lucha cotidiana por salir del flagelo de las adicciones enmarcado en la propuesta de Hogares de Cristo. Allí se recibe “la vida como viene”, y constituye una respuesta concreta a las personas en situación de consumo en villas y barrios populares.

Presente y futuro

Y como en toda obra salesiana los niños y jóvenes tienen un lugar preferencial. Mientras en uno de los centros barriales un grupo de adolescentes completan sus tareas antes de ingresar al colegio, otros, más chicos, juegan en la plaza, acompañados por jóvenes animadores. La escena se repite en otros puntos del barrio. Lucas, es uno de los responsables del espacio: “Nosotros queremos que nuestros pibes y pibas tengan un futuro, puedan ser independientes y autónomos. La educación es una gran herramienta para eso”. Y pensando en el acompañamiento integral que se busca brindar completa: “Si bien somos una organización como cualquier otra, tenemos nuestra fuerza en la fe y en Dios. Y eso nos hace diferentes y nos hace vivir y actuar de otras maneras”.

Unas cuadras más allá Aldo coordina la Escuela Profesional Secundaria un espacio educativo que le permite a los y las jóvenes obtener el título de bachiller con una orientación profesional. Allí llegan chicos y chicas de diferentes propuestas que los salesianos tienen en el barrio y en articulación con otras instituciones educativas, se piensa para ellos y ellas un trayecto formativo particular: “Esto es un espacio de inclusión, es una oportunidad, pero también un derecho a continuar estudiando. Sobre todo buscamos garantizarles ese derecho que en algún momento les fue quitado o no lo tuvieron”.

«La gente si de algo está convencida es que Dios no la abandona» Daniel «Coco» Romanín.

Jocelyn tiene 14 años y es una de las alumnas, “Alan me propuso venir, me animé, me gustó y me quedé. Las profesoras son muy buenas y además vienen amigas mías. Si venimos acá vamos a tener un futuro”, comenta con una gran sonrisa en su rostro. Ella, que además los fines de semana anima en los grupos juveniles, sueña con ser enfermera: “Tengo familiares que son enfermeros, y me gusta, es una forma de ayudar a la gente”.

Todas estas iniciativas se completan con el servicio que se presta desde hace más de veinte años en la Casa del Niño, un complemento de la educación formal. Allí diariamente asisten en contraturno de la escuela cerca de ciento cincuenta niños y niñas desde los 6 hasta los 17 años, con realidades y situaciones muy diversas. Liliana y Soledad, directora y vice, coinciden en lo que respecta al valor de la propuesta: “Acá los chicos y chicas encuentran una familia, ellos lo sienten como su casa y así los queremos. Los acompañamos, los escuchamos, caminamos juntos”.

Solidaridad, compromiso con la vida, esfuerzo, confianza en el futuro, trabajo en comunidad son algunos de los valores que también están presentes en Villa Itatí y que no abundan en muchos otros espacios.
Acá la gente vive y festeja, y celebra aún en la necesidad. La gente si de algo está convencida es que Dios no abandona, que escucha el grito del pobre. Sobre todo en los momentos de mayor padecimiento, de mayor sufrimiento. En ese sentido, me parece que ellos nos evangelizan a nosotros”, reflexiona el hermano Romanín.

Es la tercera vez en cuarenta años que el padre Toni vive en esta comunidad de Don Bosco: una como salesiano en formación, otra a fines de los noventa y ahora nuevamente desde el año 2023. Durante estos cuarenta años las dificultades fueron cambiando, y también aumentando, pero no menos creció la fe de una comunidad que todos los días se levanta con sencillez y esperanza“Doy gracias por estar hoy acá, porque me lleva a tocar en vivo la realidad de la pobreza, de la marginación, del dolor de tantas personas. Me lleva a mí a un compromiso más serio, más profundo con Dios. Y me motiva a seguir buscando formas de acercar a Dios a los demás”.

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BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JULIO 2023

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