Un “influencer” inesperado

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Toda su vida buscó mantener el perfil bajo, pero la historia le guardó un lugar como defensor de la primera Constitución Nacional. El 4 de septiembre se celebra la beatificación de Fray Mamerto Esquiú en la Catamarca que lo vió nacer y morir.

Fray Mamerto Esquiú nació en Piedra Blanca, en las afueras de la ciudad de Catamarca, el 11 de mayo de 1826. Su discurso durante la jura de la Constitución Nacional, el 9 de julio de 1853, tuvo amplia repercusión en la época.

Por Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar

Fray Mamerto que para sus ancestros en España, su apellido “Esquiú” había sido originalmente “esquivo”. Y de hecho, el intento de mantener el perfil bajo motivó varias decisiones en su vida. Pero esa vida le preparaba sorpresas, como la de convertirse en un inesperado “influencer” de tierra adentro.

Mamerto de la Ascensión Esquiú y Medina nació en el pequeño poblado de Piedra Blanca, en las afueras de la ciudad de Catamarca, el 11 de mayo de 1826. Su madre murió joven, dejando huérfanos a los pequeños. Mamerto comenzó entonces a estudiar y a vivir en la escuela de los franciscanos en Catamarca y poco después ingresó al noviciado de los frailes. En 1848 hubo que pedir un permiso especial al Papa para que pudiera ser ordenado sacerdote con sólo veintidós años de edad. Para entonces ya había ganado fama como profesor de Filosofía y Teología en la escuela del convento.

Guerra entre hermanos

Eran años muy complicados en el Interior. Y en el Río de la Plata, lo de “Provincias Unidas” expresaba más un deseo que una realidad. Al contrario, terminadas las guerras de la Independencia, las tierras del antiguo virreinato se habían convertido en un lamentable escenario de batallas entre facciones rivales.

Mamerto nació diez años después del Congreso de Tucumán, y durante casi toda su vida le tocó ser testigo de las luchas internas en Argentina.

Mamerto nació diez años después del Congreso de Tucumán y de la Declaración de la Independencia, y durante casi toda su vida le tocó ser testigo de las luchas internas. Cuando tenía quince años, por ejemplo, las tropas de Rosas llegadas desde Buenos Aires sofocaron a las de Catamarca. La revuelta terminó con la cabeza del gobernador José Cubas y de varios de sus hombres expuestas en puntas de lanzas en la plaza. Todavía en 1861 escribiría: “Nuestros campos humean sangre de hermanos, nuestras fuerzas se consumen en lucha fratricida, y después de tanta lucha y desolación, todavía se pide más guerra y más sangre”.

Las palabras justas

Así se entiende que cuando en 1853, en ocasión de la jura de la Constitución Nacional, le encarguen a ese curita que aún no llega a los treinta años el “sermón patriótico” en la iglesia matriz de la ciudad, él no quiera dejar pasar esa oportunidad única para unir a la Patria: “¡Llega la Constitución suspirada tantos años por los hombres buenos!”, dijo fray Mamerto ese día 9 de julio. Y agregó: “¡República Argentina! ¡Noble Patria! ¡Medio siglo de anarquía y despotismo! ¡Qué de ruinas, qué de escombros ocupan tu sagrado suelo!”

Todos sabían que Esquiú disentía en más de un aspecto con la nueva Constitución, sancionada bajo el signo del liberalismo reinante. Pero a la vez era consciente de que “si cada uno adopta la Constitución, eliminando el artículo que está en oposición a su opinión, no quedaría ni uno solo”. Por eso, para sorpresa de quienes esperaban que en atención a los intereses de la Iglesia el joven predicador se opusiera a la nueva Constitución, Mamerto concluyó su sermón diciendo: “Obedezcan, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay Patria; no hay verdadera libertad: existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina”

La primera respuesta la dio un estruendoso aplauso de los presentes. La temida oposición del Interior a la nueva Constitución empezaba a diluirse nada menos que en la rebelde Catamarca.

En primera plana…

Entonces sucedió lo que parecía increíble. Las palabras de ese fraile desconocido de tierra adentro se difundieron rápidamente por todo el país. Hoy diríamos que se “viralizaron”. La prensa replicó el sermón en los diarios de las capitales provinciales. La voz de Esquiú llegó incluso hasta la lejana Buenos Aires, aunque los porteños terminarían haciendo “rancho aparte” y separándose de la Confederación Argentina. El presidente Urquiza ordenó desde Paraná que el sermón fuera impreso y difundido en todo el país, añadiéndole una biografía del autor. 

“Si cada uno adopta la Constitución, eliminando el artículo que está en oposición a su opinión, no quedaría ni uno solo”

Él, que prefería pasar desapercibido y tenía muchos motivos para rechazar las pretensiones porteñas y el centralismo del nuevo gobierno de la Confederación, terminó convertido en “el orador de la Constitución”, como lo llamó la prensa liberal. Enseguida le otorgaron una subvención para continuar sus estudios en París, pero Esquiú la rechazó de plano. En cambio, aceptó la vicepresidencia de la convención que en 1855 terminaría dando una Constitución a su provincia.

… pero no en el primer lugar

Los superiores franciscanos querían enviarlo al convento de Buenos Aires, pero él prefirió exiliarse en el de Tarija, al sur de Bolivia, donde no era conocido. En ese país pasó doce años. Hasta allí le llegó el pedido de aceptar el nombramiento como arzobispo de Buenos Aires, a lo que se negó con una carta que aún se conserva.

Viajó a Tierra Santa, donde intentó pasar desapercibido como un fraile más. Pero a su paso por Roma sus superiores lo enviaron nuevamente a Catamarca, con la misión de reorganizar la orden franciscana en la Argentina. Allí le llegó el nombramiento para obispo de Córdoba, cargo que nuevamente rechazó, hasta que recibió un pedido expreso del papa León XIII y entonces respondió: “Si lo quiere el Papa, Dios lo quiere”.

Fue consagrado obispo en Buenos Aires en 1880. En poco tiempo recorrió incansablemente toda su diócesis, que entonces abarcaba las provincias de Córdoba y La Rioja. Como obispo siguió vistiendo su humilde hábito franciscano y fue muy querido por su pueblo, especialmente por la gente sencilla. Durante un largo viaje se descompuso mientras atravesaba su provincia natal y murió en un rancho pobre de la posta del Suncho, asistido por su secretario y unos pocos lugareños. Tenía cincuenta y cuatro años. 

El próximo 4 de septiembre Fray Mamerto Esquiú será beatificado en la provincia que lo vio nacer y morir. Catamarca nunca lo olvidó y lo tiene hasta hoy como uno de sus hijos más queridos. Y como un santo.

BOLETIN SALESIANO – JULIO 2021

Un “influencer” inesperado

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Toda su vida buscó mantener el perfil bajo, pero la historia le guardó un lugar como defensor de la primera Constitución Nacional. El 4 de septiembre se celebra la beatificación de Fray Mamerto Esquiú en la Catamarca que lo vió nacer y morir.

Fray Mamerto Esquiú nació en Piedra Blanca, en las afueras de la ciudad de Catamarca, el 11 de mayo de 1826. Su discurso durante la jura de la Constitución Nacional, el 9 de julio de 1853, tuvo amplia repercusión en la época.

Por Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar

Fray Mamerto que para sus ancestros en España, su apellido “Esquiú” había sido originalmente “esquivo”. Y de hecho, el intento de mantener el perfil bajo motivó varias decisiones en su vida. Pero esa vida le preparaba sorpresas, como la de convertirse en un inesperado “influencer” de tierra adentro.

Mamerto de la Ascensión Esquiú y Medina nació en el pequeño poblado de Piedra Blanca, en las afueras de la ciudad de Catamarca, el 11 de mayo de 1826. Su madre murió joven, dejando huérfanos a los pequeños. Mamerto comenzó entonces a estudiar y a vivir en la escuela de los franciscanos en Catamarca y poco después ingresó al noviciado de los frailes. En 1848 hubo que pedir un permiso especial al Papa para que pudiera ser ordenado sacerdote con sólo veintidós años de edad. Para entonces ya había ganado fama como profesor de Filosofía y Teología en la escuela del convento.

Guerra entre hermanos

Eran años muy complicados en el Interior. Y en el Río de la Plata, lo de “Provincias Unidas” expresaba más un deseo que una realidad. Al contrario, terminadas las guerras de la Independencia, las tierras del antiguo virreinato se habían convertido en un lamentable escenario de batallas entre facciones rivales.

Mamerto nació diez años después del Congreso de Tucumán, y durante casi toda su vida le tocó ser testigo de las luchas internas en Argentina.

Mamerto nació diez años después del Congreso de Tucumán y de la Declaración de la Independencia, y durante casi toda su vida le tocó ser testigo de las luchas internas. Cuando tenía quince años, por ejemplo, las tropas de Rosas llegadas desde Buenos Aires sofocaron a las de Catamarca. La revuelta terminó con la cabeza del gobernador José Cubas y de varios de sus hombres expuestas en puntas de lanzas en la plaza. Todavía en 1861 escribiría: “Nuestros campos humean sangre de hermanos, nuestras fuerzas se consumen en lucha fratricida, y después de tanta lucha y desolación, todavía se pide más guerra y más sangre”.

Las palabras justas

Así se entiende que cuando en 1853, en ocasión de la jura de la Constitución Nacional, le encarguen a ese curita que aún no llega a los treinta años el “sermón patriótico” en la iglesia matriz de la ciudad, él no quiera dejar pasar esa oportunidad única para unir a la Patria: “¡Llega la Constitución suspirada tantos años por los hombres buenos!”, dijo fray Mamerto ese día 9 de julio. Y agregó: “¡República Argentina! ¡Noble Patria! ¡Medio siglo de anarquía y despotismo! ¡Qué de ruinas, qué de escombros ocupan tu sagrado suelo!”

Todos sabían que Esquiú disentía en más de un aspecto con la nueva Constitución, sancionada bajo el signo del liberalismo reinante. Pero a la vez era consciente de que “si cada uno adopta la Constitución, eliminando el artículo que está en oposición a su opinión, no quedaría ni uno solo”. Por eso, para sorpresa de quienes esperaban que en atención a los intereses de la Iglesia el joven predicador se opusiera a la nueva Constitución, Mamerto concluyó su sermón diciendo: “Obedezcan, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay Patria; no hay verdadera libertad: existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina”

La primera respuesta la dio un estruendoso aplauso de los presentes. La temida oposición del Interior a la nueva Constitución empezaba a diluirse nada menos que en la rebelde Catamarca.

En primera plana…

Entonces sucedió lo que parecía increíble. Las palabras de ese fraile desconocido de tierra adentro se difundieron rápidamente por todo el país. Hoy diríamos que se “viralizaron”. La prensa replicó el sermón en los diarios de las capitales provinciales. La voz de Esquiú llegó incluso hasta la lejana Buenos Aires, aunque los porteños terminarían haciendo “rancho aparte” y separándose de la Confederación Argentina. El presidente Urquiza ordenó desde Paraná que el sermón fuera impreso y difundido en todo el país, añadiéndole una biografía del autor. 

“Si cada uno adopta la Constitución, eliminando el artículo que está en oposición a su opinión, no quedaría ni uno solo”

Él, que prefería pasar desapercibido y tenía muchos motivos para rechazar las pretensiones porteñas y el centralismo del nuevo gobierno de la Confederación, terminó convertido en “el orador de la Constitución”, como lo llamó la prensa liberal. Enseguida le otorgaron una subvención para continuar sus estudios en París, pero Esquiú la rechazó de plano. En cambio, aceptó la vicepresidencia de la convención que en 1855 terminaría dando una Constitución a su provincia.

… pero no en el primer lugar

Los superiores franciscanos querían enviarlo al convento de Buenos Aires, pero él prefirió exiliarse en el de Tarija, al sur de Bolivia, donde no era conocido. En ese país pasó doce años. Hasta allí le llegó el pedido de aceptar el nombramiento como arzobispo de Buenos Aires, a lo que se negó con una carta que aún se conserva.

Viajó a Tierra Santa, donde intentó pasar desapercibido como un fraile más. Pero a su paso por Roma sus superiores lo enviaron nuevamente a Catamarca, con la misión de reorganizar la orden franciscana en la Argentina. Allí le llegó el nombramiento para obispo de Córdoba, cargo que nuevamente rechazó, hasta que recibió un pedido expreso del papa León XIII y entonces respondió: “Si lo quiere el Papa, Dios lo quiere”.

Fue consagrado obispo en Buenos Aires en 1880. En poco tiempo recorrió incansablemente toda su diócesis, que entonces abarcaba las provincias de Córdoba y La Rioja. Como obispo siguió vistiendo su humilde hábito franciscano y fue muy querido por su pueblo, especialmente por la gente sencilla. Durante un largo viaje se descompuso mientras atravesaba su provincia natal y murió en un rancho pobre de la posta del Suncho, asistido por su secretario y unos pocos lugareños. Tenía cincuenta y cuatro años. 

El próximo 4 de septiembre Fray Mamerto Esquiú será beatificado en la provincia que lo vio nacer y morir. Catamarca nunca lo olvidó y lo tiene hasta hoy como uno de sus hijos más queridos. Y como un santo.

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