Serie: Frankenstein (2025)
Creado por: Guillermo del Toro
Disponible en: Netflix
Por Santiago Martínez //
santiagomartinez@pioix.edu.ar
El concepto de vida eterna acompaña a la humanidad desde hace milenios. La concepción que Mary Shelley plasmó en 1818 volvió con fuerza en 2025 con la película “Frankenstein”, planteando más preguntas que nunca.
Víctor Frankenstein protagoniza el primer acto; un científico brillante pero con una ambición desmedida, y con el objetivo de crear vida. Tras años de esfuerzo, lo logra: le da vida a una criatura formada de partes ajenas. Sin embargo, el logro carece de significado cuando se da cuenta de que en realidad no logra comprenderla, y que congenia mejor con su Elizabeth, su interés amoroso.
La creación, obligada a huir, encuentra refugio donde un anciano ciego le enseña a leer y hablar, recibiendo el amor que Víctor le negó. Tras el fallecimiento del anciano, busca a su creador para exigirle una compañera, pero la negativa del pedido desata una tragedia que culmina en el Polo Norte, donde Víctor, moribundo, alcanza el perdón, y la criatura, una soledad redentora.
La historia plantea contradicciones. La vida y la muerte es la más clara: la criatura, animada desde materia muerta, encarna una vida espiritualmente vacía. Victor, en su hybris de jugar a ser Dios, no trasciende la muerte sino que perpetúa el sufrimiento.
Es fundamental reconocer que el monstruo «nace» con mirada infantil y sensible. Para él, el mundo es nuevo y digno de explorar, incluso sus primeras interacciones son de curiosidad pura, pero esta inocencia se quiebra ante el rechazo. Su aprendizaje se torna un proceso doloroso, tratando de descifrar un mundo que lo juzga por su apariencia, cuando buscaba algo mucho más sencillo, cariño y aprecio.
A medida que avanza la historia, y gracias a quienes eligieron conocerlo mejor, el monstruo descubre que no tiene por qué serlo, explorando su bondad y egoísmo, su amor y odio. Esto nos demuestra el impacto que puede tener nuestra cercanía e interés en la vida de los demás, no dejarnos llevar por las apariencias y darnos la oportunidad de encontrar la ternura que habita en cada niño, joven y adulto.
Al final, la película nos regala una enseñanza más: la verdadera inmortalidad no está en el cuerpo, sino en el legado de compasión que dejamos en quienes cruzamos en nuestra vida.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – FEBRERO 2026
