Me llamo Juan Cagliero

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Por: Néstor Zubeldía, sdb

nzubeldia@donbosco.org.ar

Me llamo Juan. Quiero contarles algo de lo que por gracia de Dios fui testigo presencial cuando junto a otros muchachos del Oratorio acompañamos a Don Bosco en aquellos meses terribles de la epidemia de cólera en Turín. Era el año 1854. En poco tiempo, la peste se cobró mil cuatrocientas vidas, sobre todo en las barriadas más pobres como el Borgo Dora, ahí nomás de Valdocco, donde vivíamos nosotros.

En esos días críticos, Don Bosco nos propuso a los más grandecitos salir a ayudar a los vecinos que estaban solos en sus casas, a veces abandonados hasta por su propia familia. Yo ya tenía dieciséis y acepté enseguida la invitación que, a mi edad, era todo un desafío. Y con lo inquieto que era, para qué lo voy a negar, me daba también la posibilidad de no quedarme tanto tiempo encerrado en cuarentena en el Oratorio. En medio de aquellos calores insoportables de agosto, Don Bosco nos había asegurado que, si nos confiábamos a la Virgen y nos manteníamos en gracia de Dios, ninguno de nosotros moriría por el cólera. Y así fue. Imagínense nuestra satisfacción cuando hasta el municipio de Turín reconoció nuestro servicio una vez que pasaron esos días de pánico y de desesperación. Sin embargo, poco después, caí enfermo con una fiebre que me partía la cabeza y empecé a empeorar rápidamente hasta que los médicos pronosticaron lo peor. Tenían claro que no era cólera. Don Bosco no nos había fallado en su promesa. Al tiempo, por los síntomas, se confirmó que se trataba de tifus, que en esas épocas atacaba con mucha virulencia y más cuando no había las condiciones necesarias para la higiene que tenemos hoy. 

Don Bosco me quería tanto, y estaba tan angustiado por la posibilidad de mi muerte cercana, que ni siquiera me lo podía decir él mismo sin desarmarse. Así que le pidió a mi compañero José Buzzetti, que era de los mayores y uno de los primeros en incorporarse al Oratorio, que me lo dijera él. Mientras tanto, fue a la iglesia para traerme los últimos sacramentos, según le habían aconsejado ya los médicos. Pero cuando se acercaba hacia mi cama, notamos con José que Don Bosco frenó de golpe, como si estuviera viendo en el lugar algo que nosotros no percibíamos. Su rostro iba cambiando lentamente de la angustia a la sorpresa y de ésta a la serenidad y a la alegría.

En ese momento tan difícil no atinamos a preguntarle qué estaba viendo. Sí recuerdo muy bien que le pregunté si esa sería mi última confesión y si moriría pronto. “Todavía no es tu hora de ir al Paraíso”, me dijo entonces muy seguro. Y luego siguió: “Te faltan muchas cosas por hacer. Vas a vestir la sotana, serás sacerdote y después darás muchas vueltas y vas a llegar lejos, muy lejos…”.

Don Bosco llevó nuevamente la Eucaristía a la iglesia, la fiebre comenzó a bajar hasta desaparecer y poco después me fui a mi pueblo para reponerme en casa bajo los atentos y cariñosos cuidados de mamá.

Tuvo que pasar bastante tiempo hasta que un día Don Bosco nos contara a Buzzetti y a mí lo que había «visto» ese día que jamás olvidaré: «Fue poner los pies en el umbral de tu habitación y de repente ver una gran luz y una paloma blanquísima que descendía sobre vos llevando en el pico una rama de olivo que después dejó caer a pocos centímetros de tu rostro pálido”, contó emocionado. Y continuó: “Inmediatamente después fue como si las paredes de la habitación desaparecieran y me permitieran ver horizontes lejanos e interminables y, desde todos lados, gente con la piel oscura y muchos tatuajes, que se acercaban hacia vos, unos con rostro adusto y otros muy tristes, inclinándose sobre tu lecho y preguntándose entre ellos en lenguas extrañas que se me permitió entender: ‘Y si éste se muere, ¿quién vendrá a socorrernos?’. La visión no duró más que unos instantes, pero en ese momento -concluyó diciéndome Don Bosco- tuve la seguridad absoluta de que te ibas a salvar«.

Poco después estuve en el grupo de los primerísimos salesianos con los que Don Bosco fundó una congregación muy original de jóvenes pobres al servicio de los jóvenes pobres. En 1862, con veinticuatro años, fui ordenado sacerdote. Y en 1875 don Bosco me eligió como jefe de la primera expedición misionera salesiana a América y me envió al frente de ese grupo hacia los amplísimos horizontes que había visto aquel día desde mi habitación. Primero en la Argentina y luego en varios países del mundo me tocó iniciar la obra salesiana en aquellos años de increíble expansión. En 1884 fui consagrado obispo para la Patagonia, que recorrí a caballo en tiempos sin rutas ni aviones y pude conocer personalmente a aquellos personajes misteriosos de la visión de Don Bosco junto a mi lecho de moribundo. Y también a una chica y a dos muchachos santos, llamados Laurita Vicuña, Artémides Zatti y Ceferino Namuncurá, que con el tiempo darían que hablar. ¡Díganme entonces si no tengo que creer en los milagros!

Juan Cagliero nació el 11 de enero de 1838 en Castelnuovo de Asti –hoy Castelnuovo Don Bosco–, en el norte de Italia. Con trece años empezó a participar en el Oratorio abierto poco antes por Don Bosco en Valdocco, en la periferia de Turín. Estuvo entre los primeros jóvenes invitados por el santo a formar parte de la Sociedad Salesiana. En 1875 fue elegido por Don Bosco para dirigir la primera expedición misionera salesiana a América. Designado por el papa León XIII vicario apostólico de la Patagonia Septentrional, en 1884 se convirtió en el primer salesiano obispo y a su vez en el primer prelado residente en la Patagonia. En 1915 fue también el primer salesiano designado cardenal. Llegó a ver (y en varios casos le tocó acompañar personalmente) la expansión mundial de la Congregación Salesiana por los cinco continentes. Murió en Roma hace cien años, el 28 de febrero de 1926. En 1964 sus restos fueron trasladados a la Argentina y recibieron sepultura en la catedral de Viedma.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – FEBRERO 2026

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