Ikigai: el camino de la vocación

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Los inicios, los comienzos, siempre generan un sinfín de sentires.

Decidir, elegir, es siempre empezar. ¿Qué nos dejaron elegir cuando éramos niños y niñas?

Películas, libros, ropa, hobbies, idiomas, deportes. ¿Nos animaron a elegir o eligieron por nosotros?

Crecer es una puerta para elegir buenas nuevas.

A los 16 años saber qué les gustaría estudiar, en que les gustaría especializarse enciende algunas alarmas… ¿Cómo elegir en un mundo tan cambiante? “¡Es un montón! Así lo vivieron los estudiantes de cuarto año del Colegio María Auxiliadora de la ciudad de Rosario.

Pero ese día llega, se está terminando el secundario, hay que empezar a mirar que nos gustaría hacer, estudiar, trabajar…

Eso fue lo que nos animamos a caminar en la materia Psicología. ¿De qué va la vocación?

¿Cómo fue nuestra historia de elecciones? ¿Hay algún punto en común en esos juegos, lugares, amistades, amores?

Nada está dicho de manera definida cuando de conocerse a sí mismo se trata. Los intentos, los ensayos, los “me animo”, las nuevas experiencias. Todo cuenta, todo. Cómo éste cuento Ikigai que escribió Ana Clara.

Nos gustaría que puedan leer con una música bajita… sugerimos Yiruma – “River flows un you” … que vivan esta historia como una señal en el camino, un guiño, una guía. Qué disfruten tanto como nosotros de este camino que transitamos en el mes que decidimos desplumar las palabras Orientación y Vocación. Les dejamos aquí una metáfora de ese tiempo compartido.

Ximena María Castro

Profesora de Psicología y Cs de la Educación

EESOPI Nº 3177 María Auxiliadora – Rosario

IKIGAI

La casa del abuelo siempre se había visto gloriosa desde la ventanilla del auto. No sabía si era por su gigantesco tamaño o porque era maravilloso encontrarse con un concepto de hogar en el medio de la nada (porque el abuelo realmente vivía en el medio de la nada), pero esa vista era gloriosa. Mamá nos traía de vez en cuando, a mí y a mi hermano, y nos quedábamos unos días. Era una estadía mágica. Mis mejores recuerdos transcurrieron en aquel extenso patio, oscuro sótano y recovecos que nunca terminé de explorar. Yo sabía que la casa estaba llena de pasadizos raros, y también sabía que la cantidad de arañas que seguramente se escondían ahí eran suficientes para mantenerme alejado a mí y a mi abuelo. Parecía puramente hecha de madera al igual que la comida, tolerable considerando que el viejo la podía masticar. Una antigüedad bonita de precio inimaginable.

El abuelo nos esperaba en la puerta, como siempre, nos subió los bolsos, como siempre, y nos dejó ser libres hasta la cena, como siempre. Jugamos con la pelota y las hamacas, y cuando oscureció nos encerramos en el calor de la sala de estar. Mientras se terminaba de cocinar lo que sea que fuera aquello con un olor capaz de destaparte la nariz, me enfoqué por primera vez en la repisa de libros. Podría ser tan vieja como la casa. Rebalsaba de polvo y, aunque no había abierto ningún libro, podía apostar que las hojas eran tan quebradizas como el abuelo.

A pesar de su estado, seguía siendo un rincón fascinante. Había novelas, ensayos, manuales y cuentos de los que no había escuchado hablar en mi vida, y todos contaban con un lomo delicado, algunos con detalles dorados. Me detuve en una tal “Amanda Pagliano”, no porque me sonara el nombre, sino porque era un libro con encuadernado de cuero, y no poseía un título fantástico o intelectual, sino que llevaba el nombre de “Diario 4”. Más adelante estaban “Diario 5” y “Diario 6”. Tenían un cuidado inusual comparado con el resto de la repisa, por lo que quizás fueran de gran valor para el abuelo, y otra vez me interesaron los miles de secretos que sabía que tenía guardados.

Recién con el plato a mitad comer me tragué los miedos, y otras cosas que no sé qué eran, y me atreví a preguntar:

– Abuelo, ¿quién es Amanda Pagliano?

Se quedó con la boca abierta y el tenedor a medio camino. Se aclaró la garganta y se preparó para hablar (el abuelo era bastante lento. Siempre que contaba algo hacía pausas innecesariamente largas y movía los dedos antes de pronunciar las palabras).

– ¿La viste en la repisa?

– Sí, ¿quién es?

– Era mi madre – respondió después de otra pausa.

Nunca me habían contado sobre mi bisabuela. De alguna forma me había imaginado cualquier antepasado como piezas de ajedrez que se movían en base a las reglas del juego, o simplemente no los había imaginado. Mateo levantó la vista interesado en la conversación.

– ¿Tu mamá era escritora?

-No no – dijo el abuelo. – Ella era cazadora de tesoros, una aventurera que plasmaba sus hazañas en los diarios que encontraste, que defendía su propósito, que luchaba contra criaturas escondidas en las profundidades de la selva y que buscaba la inmortalidad de la memoria como lo hacía Aquiles.

A Mateo le brillaban los ojos, yo no me había creído nada. Supuse que era otra de esas historias que el abuelo solía inventar cuando éramos más chicos para entretenernos un rato. Pero se veía mucho más serio que en ese entonces, así que por las dudas no cuestioné nada. En su lugar, se me ocurrió una idea.

– ¿Puedo leer los diarios? – pregunté.

– No hache falta, sho te cuentlo, me llos sé de memotia – respondió con la boca llena. Terminó de masticar, tragó, y se acomodó en la silla casi que instalando la pose de “inicio de la historia”. -Una de sus aventuras comienza el cinco de julio de mil novecientos treinta y dos, en la selva amazónica. Amanda llevaba sus botas pesadas como ladrillos que aplastaban a cada insecto se cruzara, una camisa raída, pantalones anchos cual frazada, y su cabellera morocha, ondulada por la humedad. Caminaba por la tierra como si fuera parte de aquel ecosistema. Se subió a un pequeño montículo que le permitía apreciar el panorama y trazar su vía de viaje. El sol golpeaba su rostro con un aire triunfante y Amanda continuó su ruta, no sin antes escupir algo que venía regurgitando hacía veinte minutos.

‘Cuando le estaba vendiendo a un coleccionista el Santo Grial, escuchó la leyenda de “la Bitraled”, mayormente conocida como “la Bitra”, un anillo forjado y perdido por Hefesto luego de embriagarse con tres barriles de vino. Los mitos sobre la joya le atribuían un valor cercano al del rayo de Zeus, y aseguran que aquellos que lograron poseerlo se vieron iluminados por las respuestas a todas sus preguntas, pero no por más de trece minutos, pasado ese tiempo el portador comenzaba a sufrir fuertes taquicardias hasta padecer un infarto. Se dice que esto era debido a la grandeza del objeto, tan saturante y atrapante para los simples mortales.’

‘Todavía no sabía muy bien qué haría cuando encontrara la reliquia, pero que la encontraría era seguro. El coleccionista aseguraba que debía estar enterrado en alguna tumba en Grecia, pero la astucia de Amanda era más fuerte que cualquier suposición, casi tan fuerte como los rumores; en su viaje a Bulgaria por la búsqueda de un auténtico vestido de samodiva, escuchó mientras almorzaba en la ciudad de Madan que un cazatesoros italiano había descubierto un arete capaz de revelar los misterios de la vida y las preguntas irrespondibles. Cuando se trata de rumores el relato puede deformarse, mas nunca descarrilarse. A los seis meses, ya pisando Italia, llega a su oído la noticia de un coleccionista milanés que perdió la vida de forma horrorosa en la selva amazónica, y que ese mismo día su cuerpo estaba regresando con un dedo menos.’

‘La predictibilidad de los ricos y la empatía de Amanda eran más que suficientes para trazar una ruta de viaje hacia el lugar aproximado al que este hombre fue: podemos deducir que la soledad y el apartamiento eran la parte central del proyecto, y considerando su incapacidad para sobrevivir mucho tiempo en aquel lugar, el recorrido sería de unos ciento ochenta kilómetros al noroeste adentrándose en la selva.’

‘Llevaba cinco horas caminando cuando sintió una leve brisa en la nuca. Sabía muy bien que no era un mosquito ni un acto puramente natural. Algo estaba pasando. Retiró del costado de su bota un cuchillo casi tan afilado como su oído y analizó el perímetro con ojos de águila. Una ramita se quebró a sus espaldas y al voltear se encontró de frente con un tití de vientre rojo. Se observaron mutuamente buscando respuestas hasta que otra rama de rompió con la aparición de otro tití, al que se le sumaron cinco más, rodeando a la cazadora. En caso de que todavía no lo sepas, querido, te cuento que los animales entienden todo lo que decimos, solo que pretenden no hacerlo, a no ser que agarren confianza. Y por eso mismo, Amanda empezó a hablar:’

‘- ¿Necesitan algo chiquillos? – dijo con el mayor cariño posible.’

‘Como ya te expliqué, los titís entendieron perfectamente, así que el pequeño con la cola más larga respondió señalando el suelo donde se paraba. Estaba invadiendo su territorio.’

‘- Mil disculpas corazón – exclamó con una mano en el pecho – sucede que debo cruzar por aquí para llegar a mi destino -. Eso no pareció hacerles mucha gracia. Comenzaron a comunicarse emitiendo sonidos variados, como debatiendo qué harían con ella, y cuando pudo darse cuenta en qué estaba desencadenando la conversación, se deslizó suavemente por las hojas caídas. Llevaba cinco metros recorridos cuando un chirrido enojado seguido de otros incluso más furiosos, llenaron su cuerpo de adrenalina. Los siete monos resultaron ser alrededor de veintisiete, dueños de los árboles saltaban de rama en rama siguiendo a su invasora, que esquivaba plantas con raíces de un grosor exorbitante y tragaba todo tipo de insectos. Debió haber corrido por tres minutos cuando logró ejecutar su plan b: tirado en el suelo encontró un mamey medio pasado, se lanzó por él y lo sostuvo como escudo frente a los monos, que se detuvieron al instante. Se veían confundidos, pero Amanda sabía que con eso bastaba para convencerlos. Le acercó la fruta al tití de cola larga para que lo tomara y le señaló hacia arriba, en la copa del árbol, las otras cuatrocientas que podían tomar. Les sonrió con timidez antes de levantarse y dejarles el árbol para ellos solos. Cada vez faltaba menos, los sabía. Porque si había monos titís, el río debía estar cerca.’

‘Y como Amanda Pagliano muy pocas veces se confunde, no había caminado más de treinta minutos cuando el río apareció. Sus aguas eran tranquilas y hasta parecían invitarte a sumergirte un rato, pero también era similar a la calma antes de la tormenta. Un inestable puente de maderas viejas lo cruzaba perpendicularmente. Lanzó una piedra sobre este antes de poner los pies, y al ver que resistía comenzó a avanzar. Iba con velocidad y cuidado, había prácticamente anunciado su llegada con la piedra e invitado a cualquiera con un gran apetito, pero las maderas crujían como si fuera su último esfuerzo por lo que el momento de correr ya había pasado’

‘A la mitad del camino el andar del agua comenzó a verse sospechoso y distinto, sin embargo no había nada peligroso a la vista. Continuó caminando más precavidamente. Su intuición estaba activada cual alarma, y otra vez sabía que algo no estaba del todo bien. Dio solo tres pasos más y una de las maderas se quebró, cayó al agua y fue casi que evaporada por un jacaré negro de seis metros de largo. Se sujetó de las sogas del puente lo más fuerte que pudo y buscó por más depredadores camuflados. Vio por el rabillo del ojo otras oscuras escamas antes de que desaparecieran debajo del agua, y a su derecha una pesada cola aparentaba medir sus movimientos y su miedo.’

‘Las tres cabezas se posicionaban en el espacio del tablón faltante esperando que su presa intentara pasarlos. Mientras que la presa no se podía concentrar entre las náuseas, la razón o la parálisis. El miedo se convirtió en impulso y escupiendo adrenalina tomo carrera para saltar. Los dientes de los animales le rozaron las botas al cerrarse con una fuerza capaz de triturar diamantes. Sus pisadas agrietaban cada madera y rompía algunas, haciéndola tropezar y caer, causándole dolores que sentiría dentro de unas horas, si es que volvía a poner los pies sobre la tierra.’

‘Medio puente ya se había hundido y había sido tragado por los jacarés cuando Amanda llegó a la orilla. Siguió corriendo con el viento secándole el rostro, y la desesperación se volvió palpable cuando a incomprensibles metros del río un pozo de barro se comió a la cazadora. El espesor la arrastraba hacia el fondo y sus manos no encontraban lugar al cual aferrarse. No podía nadar ni caminar, y estaba cerca de no poder ver ni escuchar tampoco. Sus esfuerzos eran contraproducentes, mientras más intentara más se ahogaría en su propia pena. Así que dejo de intentar. Frenó el movimiento del pozo por completo y bajó lentamente los brazos para impulsarse y sacar su cabeza. Se sintió como empujar la nada, pero su frente ya percibía la luz del sol. De a poco y tranquilamente su nariz también llegó a la superficie, y por más que quisiera tomar todo el aire que requería, se reprimió y respiró lentamente para evitar atragantarse con el barro, que de todas formas tragó como nunca antes en su vida. Estiró una mano al frente buscando algo firme y resultó no ser un pozo ancho. Se trepó con máxima cautela, y una vez fuera se limpió los ojos. Quería llorar del susto, pero el cuerpo no se lo permitía. En cambio, se paró, se quitó todo el barro que pudo, y prosiguió con el camino.’

‘El resto de la ruta fue favorable. Toda la tierra seca que llevaba encima se fue cayendo de a poco, las arboledas le tapaban cualquier entrada al ardiente sol, y hasta se encontró a un grupo de guacamayos que bailaban sobre ella y pintaban el cielo con sus alas. Estaba oscureciendo cuando un espacio vacío frenó su caminar.’

‘En el medio de la selva había un área de cuarenta metros de diámetro donde no crecían árboles y la fauna no parecía acercarse. La vida no humana puede detectar cosas que nosotros no, y allí fue cuando Amanda se dio cuenta que había llegado. El dedo del coleccionista debía estar enterrado en el centro del pequeño descampado.’

‘Dio zancadas delicadas y largas hasta ubicarse en donde le parecía ser el lugar preciso. Excavó con las manos de a grandes cantidades de tierra. El anillo no estaría muy lejos, quienes fueran los que lo había ocultado habrán querido librarse de él lo más rápido posible. No llevaba ni un metro cincuenta de profundidad cuando un leve brillo se asomó de entre la tierra. Amanda tomó el dedo putrefacto, retiró la Bitra y la limpió como pudo. Era ancha con tres hileras de triángulos tallados a su alrededor y mantenía un brillo dentro de lo que se podía llamar impecable. Relucía en majestuosidad y resplandecía incluso en sus sucias manos. Estaba en sus manos. En sus manos.’

‘No podía ser tan fácil.’

‘Giró la vista en busca de trampas. Quizás un jaguar amenazaba con comerla o el suelo se estaba por abrir en dos para revelar a Hades que pediría la joya desde el inframundo. Pero nada se veía como a punto de atacarla.’

‘- Y… ¿no se lo pone? – dijo una voz curiosa y meditadora. Amanda no lograba identificar su fuente. Llegó a considerar que era el anillo quien le estaba hablando y que tal vez ya se había vuelto loca.’

‘- A tu izquierda corazón.’

‘Pero a la izquierda no había más que árboles de imponente grosor.’

‘- Te diría que aquel oro te sentaría bien, pero considerando la mugre que llevas encima, te estaría diciendo una mentira.’

‘Algo en el árbol se movió y tomó forma. Una anaconda verde de cuatro metros y medio se acomodó en una rama expectante. Aquel tipo de serpientes no solían encontrarse muy lejos del río y mucho menos hablar. Cabía la posibilidad de que el poder de la Bitrad haya afectado a la flora y la fauna cercana de formas inimaginables e incomprensibles, pero al fin y al cabo la serpiente podía hablar y estaba ansiosa por recibir respuestas.’

‘- No se – respondió. Estaba siendo puramente honesta. No sabía.’

‘- El mundo está lleno de cosas con verdades ocultas. Tú más que nadie, una cazatesoros, sabes eso. ¿Acaso no deseas descubrirlas?’

‘- Cualquier persona lo desearía.’

‘- Entonces ¿por qué no te lo pones? – preguntó con un tono desentendido.’

‘- Voy a morir si lo hago – explicó con tranquilidad, aunque sentía que explicaba algo ya sabido.’

‘- ¿Y qué deseo por vivir te quedaría si ya conoces todas las respuestas? Sería como correr en la línea de meta.’

‘El reptil tenía razón. Había buscado tesoros durante los últimos quince años y en todo ese tiempo había visto cosas asombrosamente inexplicables, mas no tan inexplicables. Podría responderlas todas con un simple movimiento y su aventura se acabaría allí, no solo porque moriría, sino también porque en caso de que viviera no le quedaría propósito. ¿Cuál sería el punto de espiar, pelear, investigar, de vivir al límite, si no había misterio por resolver? Todas sus búsquedas habían sido impulsadas por el deseo del saber, desde pequeña había soñado con conocer, con ver lo que muchos no pueden, y lo había logrado. Con la Bitrad podría ver todo.”

– ¿Y? -pregunté.

– ¿”Y” qué? -desentendió el abuelo.

– ¿SE PUSO EL ANILLO? – dije a los gritos asustando a Mateo.

-Nooo – me respondió con un aire de obviedad.

– ¿Sacrificó su deseo por seguir viviendo?

– No Lucas, no sacrificó nada – hizo su respectiva pausa. – En realidad respondió por su propia cuenta su mayor pregunta.

– ¿Y cuál era? – dijo Mateo emocionado.

– Su propósito. Amanda estaba en busca de un propósito, algo mucho más valioso que joyas u otros objetos sacados de fantasías. Quería saber, sí, pero también quería algo más que le terminó de cerrar en ese momento: quería que otros supieran. Lo que les acabó de contar es el “Diario 1”. Desde aquel entonces escribe todas sus hazañas y comparte todo lo que aprende, y aquellas dudas que no podía aclarar, las reveló por su cuenta, porque qué sería más hermoso que poder entenderlo todo que hacerlo por un camino individual y con el paso del tiempo.

El abuelo se levantó de la mesa con su plato y nos ofreció postre. Le dije que no, había perdido el apetito y no quería descubrir que cosas guardaba el viejo en la heladera. Pero permanecí en la mesa. las historias del abuelo siempre se sentían como irse del mundo exterior para luego volver a él como una persona nueva, y ahora quería escuchar todo lo que tuviera para decirme.

Por: Ana Clara Porta
Alumna de cuarto año del Instituto María Auxiliadora de Rosario.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – NOVIEMBRE 2022

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