En el mejor momento

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¿Existe un momento ideal para enviar misioneros a otro continente?

Por Eduardo Devit //
edevit@donbosco.org.ar

Tenés cerca de 60 años, tres años antes tuviste una grave enfermedad que te dejó varios meses postrado. En el mismo año de tu enfermedad surgieron fuertes diferencias con una autoridad tuya, que durarán por más de diez años. En los cinco años anteriores, fundaste cerca de diez obras nuevas en distintas ciudades y una nueva asociación.

Para esa época, tu obra principal tiene unos 800 internos que viven, estudian y trabajan en ella. Luego de muchas presentaciones, adecuaciones y conversaciones, conseguiste que aprueben el Reglamento de la Asociación que fundaste catorce años antes, no sin pocos obstáculos y dificultades.

Para colmo, el contexto político y social no es el más tranquilo. Pocos años antes, en medio de una fuerte disputa militar, tu ciudad, que antes era la Capital, ve como esta sede de gobierno se muda a otra ciudad, con lo que tus contactos para conseguir apoyos y ayudas ahora están lejos, justo en el momento en que más necesitás de ayudas económicas para sostener todo lo que está funcionando. Además, hay un gran distanciamiento y enfrentamiento entre el poder político y la comunidad a la que pertenecés.

Ante un panorama así, seguramente que el consejo más sensato que muchos harían llegar era el de no iniciar nada, el de consolidar, el de esperar hasta que haya tiempos mejores. Pero el protagonista de nuestra historia es un tal Don Bosco.

Seguir un sueño

Efectivamente, hacia 1872 Don Bosco había sufrido una grave enfermedad en Varazze, que lo mantuvo casi tres meses postrado. Ese mismo año, comienzan una serie de graves conflictos con el arzobispo de Turín, Lorenzo Gastaldi, que durarán por más de diez años. Y es en el mismo 1872 que, junto con María Mazzarello, funda el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora

Hacia fines de 1874 las casas salesianas en Italia son cerca de diez, y ese mismo año se aprueban las Constituciones Salesianas, que dan terminación así a un largo proceso iniciado en 1859 con la fundación de la Congregación.

En 1871 Roma se convierte en la Capital de Italia, y el Papa se recluye en el Vaticano, dando así inicio a un largo período de enfrentamiento entre el Reino de Italia y la Iglesia, que concluirá formalmente en 1929, con el Concordato. Hasta tal punto será profundo este enfrentamiento, que durante muchos años se pedirá a los católicos no intervenir en política.

¿Y qué hace Don Bosco en este contexto tan complejo y adverso? Seguir un sueño… su sueño misionero.

El llamado a las misiones

En esos años en la Iglesia hay una gran orientación a lo que se llaman “misiones”, esto es, el anuncio del Evangelio. Don Bosco, en Turín, no es ajeno a esta corriente. De hecho, es habitual ver a misioneros de África y Asia llegar hasta Valdocco a pedir que vayan salesianos a educar a los jóvenes pobres de esas regiones. Unos años antes, durante el Concilio Vaticano I, que en 1870 reunió a los obispos de todo el mundo, esta dimensión misionera de la Iglesia fue uno de los puntos que se abordó con más fuerza.

Si bien a lo largo de su vida y en diferentes momentos Don Bosco ha manifestado esta inclinación misionera (será uno de los puntos que converse con Don Cafasso ni bien se ordene sacerdote, como una posibilidad de desarrollar su ministerio, que Cafasso desaconseja inmediatamente), es en este contexto de 1871-1872 donde tiene su primer sueño misionero, que él contará años después. 

Don Bosco sigue adelante por una cuestión de fe, y será la fe la que lo sostenga en este caminar.

Los sueños no suceden en un contexto psicológico o social vacío: son expresiones de una experiencia personal y estimulados, a menudo, por las preocupaciones de una persona en un contexto específico. Y así ocurrió con Don Bosco.

¿Cuál era el sueño? ¿Cómo lo contó Don Bosco? A grandes rasgos, “soñé que estaba en una región desconocida, una vasta llanura…Vi en ella muchos grupos de hombres que la recorrían. Eran de altura y estatura extraordinaria, de aspecto que inspiraban temor. Ví que aparecieron en el extremo de la llanura varios grupos de misioneros que querían enseñar el Evangelio a estos hombres, pero estos los rechazaban con violencia…. Luego, se hizo un silencio profundo.. Y vi aparecer otro grupo de misioneros. Se acercaban a estos hombres con rostro alegre y precedidos de un grupo de jóvenes… Yo temblaba pensando la reacción violenta anterior… Me acerqué a ellos y pude ver que eran nuestros salesianos. Los primeros que llegaban me eran muy conocidos. Los otros son gente que vendrá después y que no logré conocer.

Quise detenerlos para que no se acercaran a estos hombres salvajes porque los podían matar, pero vi luego con admiración que la llegada de ellos llenaba de alegría a aquellas personas, las cuales dejaban las armas, cambiaban su fiereza en amabilidad y recibían a nuestros misioneros con las mayores demostraciones de buena voluntad. 

Los salesianos se colocaron en medio de la muchedumbre que los rodeó, y todos se arrodillaron. Y juntos empezaron a cantar un himno a la Virgen María con una voz tan sonora y tan fuerte que yo me desperté”.

Hasta aquí, Don Bosco y su sueño, en el que es significativo que adelante de los salesianos van los jóvenes haciendo punta en el caminar.

Don Bosco no se queda quieto

Entre todas las propuestas que le llegaban a Don Bosco para enviar a sus salesianos, en 1874 se le acercó el Cónsul argentino en Génova, Juan Gazzolo, para proponerle enviar a los salesianos a Argentina. Al presentarle el país, Don Bosco identificó a la Patagonia y a los hombres que habitaban allí como la tierra de su sueño.

Para octubre de ese año 1874, el obispo de Buenos Aires, monseñor Aneyros, escribe formalmente a Don Bosco para solicitarle el envío de los salesianos, inicialmente para atender a los emigrantes italianos en Buenos Aires. Luego, desde San Nicolás, le llegará una invitación de monseñor Pedro Ceccarelli para hacerse cargo allí de un internado. Todo bien, pero la mirada, además de estas ciudades, estará puesta en la Patagonia.

En 1875, en las reuniones tradicionales que realizaba con los directores salesianos en torno a la fiesta de San Francisco de Sales en enero, les comunica el ofrecimiento recibido, y que en principio ha decidido aceptarlo. Es un anuncio oficial, aunque de naturaleza privada. De aquí que Don Bosco decidiera hacer un anuncio público oficial, y hacerlo con gran solemnidad. 

Don Bosco no se queda esperando el momento ideal, sino que sigue adelante con su sueño, buscando los recursos para concretarlo.

Y aquí dejemos volar nuestra imaginación, sintiéndonos parte de la escena: en la fiesta de San Francisco de Sales, el 29 de enero de 1875, por la tarde, todos los salesianos y los muchachos del Oratorio se reunieron en el gran salón de estudio. Los miembros del Consejo General y los directores que se habían reunido para las reuniones, tomaron asiento en una plataforma elevada en torno a Don Bosco. Desde el fondo, a una indicación de Don Bosco, avanza el cónsul Gazzolo, quien apareció vestido con su uniforme militar de gala, con el pecho cubierto de medallas. Saluda a Don Bosco, y en medio de un profundo silencio lee en voz alta las cartas llegadas de Buenos Aires y de San Nicolás solicitando que fuesen los salesianos a esos lugares. Dirán luego algunos de quienes estuvieron allí: “Luego de un momento de murmullo, estallamos en aplausos. Fue un anuncio que nos provocó un inmenso entusiasmo no sólo para ir a las misiones, sino para dedicar nuestras vidas por los más pobres”.

De sueño a realidad

A partir de allí, comenzó el trabajo de los preparativos para la partida de los misioneros, que se hará el 11 de noviembre de 1875. El 11 de diciembre, llegarán a Argentina, y lo demás, de allí en adelante, es una riquísima historia para conocer, recordar y continuar.

Es significativo que, mientras Don Bosco vive este calvario personal de problemas con su arzobispo, innumerables dificultades para llevar adelante sus obras, contextos políticos y sociales adversos, no se queda esperando el momento ideal, la situación más favorable, que esté todo ordenado, asegurado, presupuestado… sino que sigue adelante con su sueño, buscando los recursos para concretarlo, no tanto por una cuestión caprichosa, sino por entender que así va respondiendo al llamado de Dios de ayudar a que los jóvenes y los pobres tengan mejores condiciones de vida, siendo la mayor riqueza el que tengan a Dios en su corazón y en sus vidas. En el fondo, sigue adelante por una cuestión de fe, y será la fe la que lo sostenga en este caminar.

Si somos seguidores de Don Bosco, estamos llamados como él a seguir nuestros sueños y anhelos sin esperar a que, para dar pasos, se dé el mejor momento o la situación ideal.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – DICIEMBRE 2023

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