En busca de la verdadera Luz

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“Hartos de todo y llenos de nada”, en el Adviento la Palabra nos invita a mirar mejor y más lejos.

Por Alberto Capboscq, sdb
albertosdb@gmail.com

“Lo mismo que si no existiera el sol, los demás astros provocarían la noche en todo lo demás, así, si no hubiésemos conocido la Palabra y no hubiésemos sido iluminados por ella, no nos diferenciaríamos en nada de las aves que son cebadas, engordadas en la oscuridad y alimentadas para la muerte”.

No parece un comentario que suene muy lindo de entrada, ni muy claro… ¡ni muy alegre! Al menos a primera vista. Pero de un amigo uno está dispuesto a escuchar a veces cosas parecidas, sin muchas suspicacias. Y esto precisamente viene de un amigo… del  pasado: Clemente. Inquieto buscador, que dio vueltas y vueltas para poder encontrarse y aprender de personas sabias, fiables, plenas, como él mismo nos cuenta. Hacia el año 185 se afincó en la ciudad egipcia de Alejandría y compartió lo más que pudo la sabiduría que había ido adquiriendo: en charlas y encuentros, en muchos escritos —como el de nuestro comentario inicial—.

Nosotros hace tiempo que venimos viviendo cosas intensas: la pandemia y todas las medidas que trajo consigo, crisis de esto y de lo otro, de más cerca y de más lejos. Cambios y más cambios, y no siempre cambios de lo que en realidad nos interesa que sea distinto. Muchos problemas y escasas soluciones, golpes al corazón y al bolsillo, dolores, frustraciones, expectativas sombrías, sueños abollados… Y así andamos: ¿bien? ¿mal? ¿mal, pero acostumbrados?

Los textos del cierre del Tiempo Ordinario y el comienzo del Adviento son una escuela de esperanza. 

Pero en esta suerte de encierro puede que hasta estimemos haber encontrado cosas que nos ofrecen cierta alegría, luz, satisfacción, esperanza. También por los ojos, los oídos y hasta por la piel fuimos atiborrándonos de lo que nos parecía que nos ayudaba a… seguir adelante, ir tirando: ¿sirvió para algo? ¿Quién puede decir que no estuvo bien? Pero también aquí es muy posible que haya bastante que nos sobre y no nos siente tan bien como quisiéramos.

Por eso presentimos que lo que dice nuestro amigo al comienzo de su comentario tiene algún sentido: mucho de lo que tuvimos por estrellas, sin un verdadero sol, no alcanza a disipar la noche. En realidad, con sus palabras Clemente nos está suavizando bastante lo que encontró en otro sabio más antiguo, Heráclito, unos 500 años antes de Cristo, que crudamente sentenciaba: “Si no hubiese sol, a pesar de los demás astros sólo habría noche”.

Encerrados y sin muchas perspectivas podemos parecernos a “pollos de criadero”, o algo así, como sigue comentándonos nuestro amigo, conforme a lo que se estilaba en la ganadería antigua: “Las aves que se destinan para los banquetes se las mantiene a oscuras a fin de que en estado de inmovilidad engorden más fácilmente”. 1

Pero nuestro amigo Clemente nos recuerda que nosotros tenemos la luz de la Palabra, que nos ayuda a ver, a vernos, a ver a Dios, a ver a los demás. Sí, la Palabra de Dios de la liturgia en las últimas semanas del año nos ayuda a mirar más lejos, a mirar mejor. Porque el cierre del Tiempo Ordinario y el comienzo del Adviento son una escuela de esperanza, plasmando con firmes pinceladas la meta de la historia, según Dios, y lo que ya, aquí y ahora, se va gestando en orden a ello: efectivamente, lo final (meta) y lo definitivo (ya presente) conforman la así llamada “dimensión escatológica” de la fe. 

Lo que está más allá, el norte, el punto hacia lo que todo apunta en el plan de Dios y  que, por eso, se convierte en nuestra brújula, nuestro “GPS”: “En este monte preparará Dios para todos los pueblos un banquete de manjares, una comida con buenos vinos… consumirá definitivamente la muerte. Enjugará el Señor Dios las lágrimas de todos los rostros” (cf.  Is 25,6–8); “viene el Dios de Ustedes, viene vengador; Él vendrá y los salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán… Habrá allí un camino puro, ruta sagrada se lo llamará… regocijo y alegría los acompañarán” (cf. Is  35,3–5.10). Así se ve la meta, lo final.

Pero bastante —¿o mucho?— de ello ya está gestándose y creciendo, es lo definitivo, aquí y ahora: “¿Acaso no se acuerdan de lo del pasado, no caen en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo, ya está en marcha, ¿no lo reconocen?” (cf. Is 43,18– 19); “el Reino de Dios ya está entre Uds.” (cf. Lc 17,21); “… cuanto hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicieron” (cf. Mt 25,40). 

Esta es la luz de la Palabra de la que nos habla el amigo Clemente. Ella nos hace salir, alzar la cabeza, nos abre al futuro de Dios, nos pone una meta; ella nos hace ver lo que ya está creciendo —poco o mucho— y nos invita a arremangarnos, nos da un propósito. Puede que encerrados y sin perspectivas, “hartos de todo y llenos de nada” —como dice un himno de la Liturgia—, nos parezcamos a pollos de criadero, o algo así, pero tenemos la  Palabra que es luz y horizonte. Por eso, como continúa diciendo nuestro amigo del  pasado: 

“Hagamos sitio a la luz, para dejar sitio a Dios; hagamos sitio a la luz y seamos discípulos del Señor… Cantemos y mostremos a Dios nuestro Padre. Estos relatos serán salvadores y estos cantos educarán a otros”.

BOLETÍN SALESIANO – DICIEMBRE 2021

En busca de la verdadera Luz

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“Hartos de todo y llenos de nada”, en el Adviento la Palabra nos invita a mirar mejor y más lejos.

Por Alberto Capboscq, sdb
albertosdb@gmail.com

“Lo mismo que si no existiera el sol, los demás astros provocarían la noche en todo lo demás, así, si no hubiésemos conocido la Palabra y no hubiésemos sido iluminados por ella, no nos diferenciaríamos en nada de las aves que son cebadas, engordadas en la oscuridad y alimentadas para la muerte”.

No parece un comentario que suene muy lindo de entrada, ni muy claro… ¡ni muy alegre! Al menos a primera vista. Pero de un amigo uno está dispuesto a escuchar a veces cosas parecidas, sin muchas suspicacias. Y esto precisamente viene de un amigo… del  pasado: Clemente. Inquieto buscador, que dio vueltas y vueltas para poder encontrarse y aprender de personas sabias, fiables, plenas, como él mismo nos cuenta. Hacia el año 185 se afincó en la ciudad egipcia de Alejandría y compartió lo más que pudo la sabiduría que había ido adquiriendo: en charlas y encuentros, en muchos escritos —como el de nuestro comentario inicial—.

Nosotros hace tiempo que venimos viviendo cosas intensas: la pandemia y todas las medidas que trajo consigo, crisis de esto y de lo otro, de más cerca y de más lejos. Cambios y más cambios, y no siempre cambios de lo que en realidad nos interesa que sea distinto. Muchos problemas y escasas soluciones, golpes al corazón y al bolsillo, dolores, frustraciones, expectativas sombrías, sueños abollados… Y así andamos: ¿bien? ¿mal? ¿mal, pero acostumbrados?

Los textos del cierre del Tiempo Ordinario y el comienzo del Adviento son una escuela de esperanza. 

Pero en esta suerte de encierro puede que hasta estimemos haber encontrado cosas que nos ofrecen cierta alegría, luz, satisfacción, esperanza. También por los ojos, los oídos y hasta por la piel fuimos atiborrándonos de lo que nos parecía que nos ayudaba a… seguir adelante, ir tirando: ¿sirvió para algo? ¿Quién puede decir que no estuvo bien? Pero también aquí es muy posible que haya bastante que nos sobre y no nos siente tan bien como quisiéramos.

Por eso presentimos que lo que dice nuestro amigo al comienzo de su comentario tiene algún sentido: mucho de lo que tuvimos por estrellas, sin un verdadero sol, no alcanza a disipar la noche. En realidad, con sus palabras Clemente nos está suavizando bastante lo que encontró en otro sabio más antiguo, Heráclito, unos 500 años antes de Cristo, que crudamente sentenciaba: “Si no hubiese sol, a pesar de los demás astros sólo habría noche”.

Encerrados y sin muchas perspectivas podemos parecernos a “pollos de criadero”, o algo así, como sigue comentándonos nuestro amigo, conforme a lo que se estilaba en la ganadería antigua: “Las aves que se destinan para los banquetes se las mantiene a oscuras a fin de que en estado de inmovilidad engorden más fácilmente”. 1

Pero nuestro amigo Clemente nos recuerda que nosotros tenemos la luz de la Palabra, que nos ayuda a ver, a vernos, a ver a Dios, a ver a los demás. Sí, la Palabra de Dios de la liturgia en las últimas semanas del año nos ayuda a mirar más lejos, a mirar mejor. Porque el cierre del Tiempo Ordinario y el comienzo del Adviento son una escuela de esperanza, plasmando con firmes pinceladas la meta de la historia, según Dios, y lo que ya, aquí y ahora, se va gestando en orden a ello: efectivamente, lo final (meta) y lo definitivo (ya presente) conforman la así llamada “dimensión escatológica” de la fe. 

Lo que está más allá, el norte, el punto hacia lo que todo apunta en el plan de Dios y  que, por eso, se convierte en nuestra brújula, nuestro “GPS”: “En este monte preparará Dios para todos los pueblos un banquete de manjares, una comida con buenos vinos… consumirá definitivamente la muerte. Enjugará el Señor Dios las lágrimas de todos los rostros” (cf.  Is 25,6–8); “viene el Dios de Ustedes, viene vengador; Él vendrá y los salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán… Habrá allí un camino puro, ruta sagrada se lo llamará… regocijo y alegría los acompañarán” (cf. Is  35,3–5.10). Así se ve la meta, lo final.

Pero bastante —¿o mucho?— de ello ya está gestándose y creciendo, es lo definitivo, aquí y ahora: “¿Acaso no se acuerdan de lo del pasado, no caen en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo, ya está en marcha, ¿no lo reconocen?” (cf. Is 43,18– 19); “el Reino de Dios ya está entre Uds.” (cf. Lc 17,21); “… cuanto hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicieron” (cf. Mt 25,40). 

Esta es la luz de la Palabra de la que nos habla el amigo Clemente. Ella nos hace salir, alzar la cabeza, nos abre al futuro de Dios, nos pone una meta; ella nos hace ver lo que ya está creciendo —poco o mucho— y nos invita a arremangarnos, nos da un propósito. Puede que encerrados y sin perspectivas, “hartos de todo y llenos de nada” —como dice un himno de la Liturgia—, nos parezcamos a pollos de criadero, o algo así, pero tenemos la  Palabra que es luz y horizonte. Por eso, como continúa diciendo nuestro amigo del  pasado: 

“Hagamos sitio a la luz, para dejar sitio a Dios; hagamos sitio a la luz y seamos discípulos del Señor… Cantemos y mostremos a Dios nuestro Padre. Estos relatos serán salvadores y estos cantos educarán a otros”.

BOLETÍN SALESIANO – DICIEMBRE 2021

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