“Alguien en el mundo piensa en mí”

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Hacer algo frente al drama de las adicciones, un deber de todos.

“Hay que cuidar a los pibes”: con contundencia lo afirmaba en noviembre del año pasado un documento de la Comisión Nacional de Pastoral de Adicciones y Drogadependencia, que le solicitaba al Estado la declaración de la emergencia nacional en adicciones. Por la complejidad de la situación, este equipo reclamaba también al resto de los actores sociales que se hagan cargo. La cuestión parece sencilla y difícil a la vez. En los barrios, en las calles, frente a la vista de toda la comunidad:“Este problema avanza profundizando el deterioro de la vida de nuestros jóvenes y destruyendo el tejido social”.

Donde menos es más 

El Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, en un informe publicado en abril, da cuenta de la gravedad de la problemática de las adicciones en barrios vulnerables de todo el país a partir de cifras concretas y alarmantes. Casi la mitad de los encuestados percibe que en su barrio se vende o se trafica droga, situación que se agrava en los asentamientos informales, donde ese registro alcanza a tres de cada cuatro personas. Esta situación no resulta novedosa:el mismo informe advierte un importante incremento en estas cifras desde el año 2010 a la fecha.

Entre los jóvenes que viven en asentamientos informales del conurbano bonaerense, el 43% probó drogas alguna vez y más del 20% lo hizo durante el último mes. Esta región muestra una enorme situación de vulnerabilidad, ya que la mitad de los jóvenes viven en hogares con necesidades básicas insatisfechas y bajo la línea de pobreza. Sólo uno de cada tres jóvenes logró completar el secundario y menos del 10% tiene un empleo formal de calidad.El diagnóstico es claro:en contextos desfavorables, el consumo de drogas aumenta.

Muchas palabras y poca acción 

En los últimos años, la cuestión del narcotráfico ha ganado terreno en los medios y en el ámbito político. Durante tiempos electorales aflora con fuerza, dando lugar a distintas promesas de campaña y desnudando la falta de continuidad en las políticas para enfrentar el tema.

El diagnóstico del Observatorio de la Deuda Social  es claro: en contextos desfavorables, el consumo aumenta.

“Hoy falta una política que persiga a los narcos y no a los chicos que consumen”, agrega Federico Salmerón, salesiano, de la obra Domingo Savio de la ciudad de Rosario. Allí son cada vez mayores las muertes violentas vinculadas al consumo: “Este ambiente de exclusión saca lo peor de cada pibe y de cada adulto. Los chicos crecen en una realidad muy fea, todos los días. Y todo parece naturalizado”.

El informe de la Universidad Católica da cuenta de la necesidad de construir políticas que trasciendan lo electoral: “Deben detener el avance del narcotráfico y el narcomenudeo no sólo por una vía represiva que eleve el ‘riesgo’ de estas actividades, sino también a través de dispositivos de inclusión y rescate socioeconómico de las familias y jóvenes que participan del negocio como una estrategia de supervivencia. (…)Una parte importante de los problemas de fondo es la exclusión social y la precariedad en las condiciones de existencia, de las cuales las adicciones son el síntoma de un problema mucho más complejo”.

“Recibir la vida como viene” 

“En el último tiempo se habló demasiado y se hizo demasiado poco. Si por cada palabra hubiera habido una acción de cuidado, yo te aseguro que estaríamos en otra cosa”, dice el padre Carlos Olivero. Sacerdote diocesano, integrante del equipo de pastoral en barrios de emergencia del arzobispado de Buenos Aires. El padre “Charly”vive y trabaja en la villa 21 de Barracas. Junto con otros sacerdotes de todo el país forma parte de la red del Hogar de Cristo, una respuesta concreta de la Iglesia católica a la situación de las adicciones. “No se puede comprender el fenómeno de la droga en los barrios sin pensar la economía y las cuestiones culturales como el individualismo —agrega—.Tenemos una sociedad ‘deshilachada’ y la respuesta tiene que ser acorde a eso”.

El Hogar de Cristo es una red que reúne a más de setenta centros barriales en todo el país, llamados“de bajo umbral” por los pocos requisitos de ingreso exigidos a las personas que llegan. “Bergoglio decía: ‘Hay que recibir la vida como viene’. No hay ningún filtro, ni administrativos, ni morales ni religiosos”, explica el padre Charly, que además integra la coordinación nacional de la red.

“Detrás de la adicción hay exclusión”

La estructura económica y social no brinda las suficientes posibilidades para el desarrollo personal y colectivo, en una cultura donde la forma de alcanzar la felicidad se da a través del consumo, y a cualquier costo. Frente a esto, la perspectiva del Hogar de Cristo ve en el problema de la adicción una excusa para involucrarse en la vida de otro que está sufriendo. Dice el padre Charly:“Las personas no llegan porque quieren recuperarse de la droga, sino porque tienen un sufrimiento. La piba a la que le quitaron el nene y la mandaron a hacer un tratamiento; o el pibe que lo echaron de la casa y no tiene dónde estar…”.

El Hogar de Cristo es una red que reúne a más de setenta centros barriales en todo el país, llamados “de bajo umbral” por los pocos requisitos de ingreso exigidos a las personas que llegan.

“Detrás de una adicción hay un problema, una historia, una exclusión” —asiente el padre Guillermo Torre, que trabaja en la parroquia Cristo Obrero de Retiro, donde también funciona el Hogar—. “No ponemos la mirada en el consumo.Esto lo aprendimos, porque al principio sí lo hacíamos.Le hacemos sentir al otro que es una persona y lo ayudamos en su salud, a tener su documento, demostrándole que puede vivir mejor. Es un acompañamiento integral y comunitario, como el de una familia que los acompaña, los quiere y los acepta como son.La exclusión es la que forma parte de las problemáticas de nuestros chicos. Lo que hace el Hogar es justamente no excluir”.

 “De tu familia no te dan el alta”

Muchas instituciones brindan una respuesta fragmentada, atendiendo un solo aspecto del problema de las adicciones: legal, sanitario, psicológico o asistencial. Por este motivo, la función del centro barrial es ser un punto de referencia desde el cual articular las acciones.Lo que se busca es ir tejiendo redes que hagan más accesibles las instituciones para esos pibes.

“Acá el tema de las adicciones está complicadísimo. Los ves a los pibes dados vuelta y tirados en la calle. Es una zona totalmente liberada”; el salesiano Carlos Morena trabaja en la comunidad de Villa Itatí, al sur del conurbano bonaerense. “Nosotros veíamos el drama de los pibes drogados —comenta—. Entonces establecimos contacto con el Hogar de Cristo”. A partir de allí se comenzó a tejer esta red que permite la articulación con otras instituciones para brindar respuestas integrales.“Algunos de los que vienen acá pasan después al hogar Santa María, en el Bajo Flores, a donde los salesianos vamos todos los jueves”. En caso que lo necesiten, estas personas pueden luego permanecer un tiempo en una granja de rehabilitación. Completado ese período, el regreso al barrio se hace a través de casas de “medio camino”, allí los jóvenes viven acompañados, hasta que vuelven a sus hogares. “Yo he visto chicos en el límite entre la vida y la muerte… y han salido adelante”,agrega Carlos.

El recorrido de recuperación no es lineal. “¿Cuándo te dan el alta de tu familia? —pregunta el padre Charly—. Nuncadejás de ser parte.Nuestra forma de trabajartiene que ver más con la de esa mamá que mira todo: si estás enfermo, si consumís, si estás triste porque te peleaste con tu pareja”.

“Los pibes siguen mirando al cielo” 

“Hay heridas que solamente se pueden sanar desde lo espiritual, que no alcanza con un tratamiento psicológico”, expresa el padre Guillermo. Y desde esa afirmación se entiende la pasión con la que se vive la fe en los centros barriales del Hogar de Cristo, que para muchos es el punto de partida de la recuperación:“El pibe lo perdió todo pero siguió mirando al cielo”, agrega el padre Charly.

En el corazón de toda persona, incluso de aquellas que más sufrieron, parece haber algo más profundo que se explica directamente desde el amor. Dice el padre Guillermo: “Nosotros descubrimos que los que parecen ‘descartados’ o ‘excluidos’, sin embargo, llevan dentro un tesoro enorme”.Esto queda claro: los que llegan pidiendo ayuda son los primeros en colaborar acompañando a otros, lo que sirve al proceso de su recuperación personal.

El abandono que durante décadas han hecho el Estado y la sociedad civil nos hace a todos responsables de trabajar para brindar respuestas al drama de la exclusión que lleva a las adicciones. Y esto se logra cambiando la mirada, entendiendo que el otro es un ser humano que está sufriendo, y que frente a eso no podemos ser indiferentes. Hoy, más que nunca:“Hay que cuidar a los pibes”.

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros • redaccion@boletinsalesiano.com.ar

Boletín Salesiano, junio 2017

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