Nadie como la mamá para contar el nacimiento.

Por: M. Susana Alfaro
salfaro@donbosco.org.ar
Nadie como la mamá para contar el nacimiento.
En este cumpleaños de Juan Bosco acercate a escuchar el relato del principio de una historia que es también la tuya.
¿Cómo no me voy a acordar? Dar a luz es una de esas experiencias que te marcan para siempre, que quedan grabadas en el cuerpo y en el alma. Así fue para mí. En realidad, debería decir para nosotros, porque –aunque teníamos a José chiquito, de dos años, y a Antonio de siete– Francisco y yo nos habíamos sentido profundamente bendecidos al saber que estábamos esperando otro hijo.
En ese momento las cosas no eran como ahora, que uno puede ver al bebé cuando todavía es una semilla; eran tiempos en los que había que escuchar al cuerpo y decodificar sus señales, y confiar en que la vida misma iba a ir haciendo su trabajo, aunque no pudiéramos prestarle mucha atención ni detenernos a pensar si era necesario descansar un poco más, porque la necesidad de subsistir nos reclamaba trabajando en el campo muchas horas. Y así lo hacíamos cada día, sin grandes cuestionamientos: nos levantábamos tempranito para iniciar el camino hacia el campo antes de la salida del sol, sabiendo que –salvo un corte al mediodía para rezar y comer algo– recién íbamos a iniciar la vuelta cuando la falta de luz hiciera imposible seguir trabajando.
Pero volviendo a ese día, te decía que lo tengo grabado en el corazón. Y en la mente, y las retinas, en todo lo que soy.
Recuerdo un amanecer luminoso. La claridad iba llegando diáfana, sin nada que la interrumpiera. Cada tanto, alguna chicharra madrugadora rompía el silencio y nos recordaba que estábamos en verano. (A mi me gusta mucho esa hora silenciosa y mutante, en la que el mundo va apareciendo segundo a segundo.)
Esa mañana, como tantas otras, a poco de salir de la casa me alcanzaron los primeros rayos del sol que empezaba a asomarse, pero, tuve una sensación distinta, una tibieza que me abrazó entera y me produjo un estremecimiento nuevo. “Tal vez sea hoy”, pensé.
Íbamos en silencio, Antonio un poco más adelantado; yo, algo más atrás, y finalmente, Francisco, con las herramientas.
En un momento sentí que Francisco me miraba. Me di vuelta y me crucé con sus ojos buenos, que me sonrieron. Yo también le sonreí. “Bella… bellissima”, me dijo.
Unos metros más adelante José lloró porque algo le había pinchado el pie, y al agacharme para atenderlo, una fuerte contracción me obligó a detener el movimiento. Cuando vio que me costaba incorporarme, Francisco decidió que volviéramos a la casa.
Juan nació rápido. Mi suegra me acompañó en ese ratito final y lo recibió emocionada. Era un bebé redondito y con unos pulmones que se hicieron escuchar desde el primer momento. Apenas lo puse sobre mi pecho dejó de llorar, frunció el ceño y abrió los ojos –unos ojos oscuros y serios–, en un gesto que iba a conservar toda la vida.
En el momento en que la abuela cortó el cordón, se oyeron las campanas de la Iglesia de Capriglio invitando a rezar la oración de la mañana. Francisco y los chicos ya estaban con nosotros y así lo hicimos, todos juntos.
Desde entonces, cada 16 de agosto revivo ese día feliz en mi corazón, repasando en secreto algunas cosas que llevo guardadas dentro mío y que nunca conté, hasta ahora, que te las estoy contando a vos. ¿Por qué? No sé… Creo que no sabía cómo hacerlo… A mis 27 años tenía toda esa realidad que cuidar y, además, no era habitual hablar de ciertas cosas. Los años en el oratorio me enseñaron mucho sobre la importancia de abrir el corazón, pero para eso faltaba bastante.
Una de las cosas que atesoro con más emoción es aquella primera oración que hicimos todos juntos. Sintiendo la presencia tibia del bebé recién llegado en mi pecho, recé: “Que siempre pueda estar cerca suyo cuando me necesite. Dale un corazón generoso con los que más sufren y una mente clara para elegir el bien”. Y así fue. Ella siempre me respondió, nunca estuve sola, ni en los momentos más duros.
¿Cómo iba a imaginar ese día luminoso de agosto, la oscuridad que nos esperaba dos años más adelante? Pero yo estoy segura de que aquella oración y todo el amor que en pocas palabras y mínimos gestos supimos regalarnos en esos primeros años, nos permitieron atravesar lo que vino después.
A veces uno cree que el amor tiene que decirse a lo grande, o que no tiene sentido abrigar sueños en el corazón, que es ridículo esperar que algún día puedan cumplirse. Pero es un error. Se trata de aprender a leer el amor que los otros nos regalan y, también, el que están necesitando de nosotros. La ternura de los ojos de Francisco en aquel “Bella… Bellissima” fueron tres segundos que me abrigaron toda la vida. Y estoy segura de que –a través de mí– su amor llegó a Juan, que fue capaz de amar a tantos y tantos jóvenes, y te llega hoy a vos, que sentís tu corazón arder en el patio y sos capaz de amar a quienes te son confiados. Solo Dios sabe a cuántos más abrigará.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – AGOSTO 2026
