Volver a estar juntos

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Es lo que queremos, es lo que buscamos. ¿Cómo lo hacemos, cómo lo soñamos?

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros
redaccion@boletinsalesiano.com.ar

Si estás leyendo esta nota, es probable que conozcas alguna de las actividades juveniles salesianas. ¡Incluso puede que seas animador o animadora! Y palabras como “oratorio”, “exploradores”, “mallín”, “centro juvenil” o “grupo misionero”, y tantas otras, te sean muy conocidas y queridas.

Dentro de la propuesta educativa salesiana, las actividades juveniles ocupan un lugar sumamente importante. Las puertas abiertas a un patio desatan el milagro: jóvenes que educan a otros jóvenes. ¡Vos estás invitado…! Y esa invitación lleva la firma de Don Bosco.

Hacer algo, también en pandemia

Las restricciones por la pandemia hicieron difícil seguir con ese tipo de iniciativas. Muchas se sostuvieron de manera virtual, con gran esfuerzo. Algunos chicos y jóvenes no pudieron sostener ese ritmo. La crisis —la falta de conectividad, la urgencia económica, el desánimo— le “pegó” a cada cual de distinta manera. Pero para otros, fue la oportunidad de hacer algo nuevo.

Si bien en algún momento de la pandemia se “culpó” a los jóvenes por no cuidarse lo suficiente, muchos demostraron un compromiso impresionante. Así lo refleja Juan Pablo Gasme, coordinador de Desarrollo Institucional de Cáritas Argentina: “Más de 1700 jóvenes se anotaron para ponerse al frente de lugares donde antes había adultos mayores, sobre todo en espacios solidarios”. Y coincide con lo vivido en muchas obras salesianas.

La crisis abre la oportunidad

“Algunos jóvenes más grandes reinventaron su ‘ser animador’, y comenzaron a colaborar con comedores, y otros servicios”, dice el salesiano Fernando Saade, delegado de Pastoral Juvenil de Argentina Norte.

Algo así pasó en San Nicolás de los Arroyos, Buenos Aires. Un grupo de jóvenes de “veintilargos” habían hecho su promesa como salesianos cooperadores en 2019. Cuando Rosa, vecina del barrio Pescadores, les fue a tocar la puerta, no dudaron en ayudar. “Fue una oportunidad. Había mucha urgencia, con gente sin trabajo que la estaba pasando mal”, cuenta “Wally”, uno de los jóvenes.

Convocaron a docentes, otros cooperadores y algunos animadores más grandes. Juntaron leche, comida, pañales, medicamentos. Fruto de esta tarea, abrieron este año la convocatoria para la formación a nuevos salesianos cooperadores y ya hay muchos interesados.

Similar fue lo que ocurrió en San Juan Evangelista, en el barrio porteño de La Boca. El comedor que ya se encontraba funcionando cobró un nuevo sentido y se transformó en el centro de todas las actividades. Si algo nos tiene que dejar la pandemia es la solidaridad, el trabajo por el prójimo, sobre todo por quien más lo necesita”, dice Mariana Migliaccio, referente del comedor. 

“Lo que caracteriza a este comedor es que nos convoca Jesús, este es un espacio pastoral. Y eso es importante tanto para los voluntarios como para los destinatarios”. Mariana Migliaccio, La Boca.

“Animadores del oratorio o de exploradores pasaron a hacer bolsones, a estar en los merenderos, a cocinar. Hicieron visitas a las casas. Eso les hizo tener más contacto con la realidad de los pibes: conocer su casa, su familia”, relata el salesiano Facundo Arriola, delegado de Pastoral Juvenil de Argentina Sur: “También en muchos lugares se unificaron los grupos como ‘casa salesiana’ y salieron juntos a hacer una propuesta solidaria. ¿Cómo hacer para que eso no se pierda?

En la ciudad de La Plata, eso pasó con los animadores de la casa salesiana San Miguel. Viendo las necesidades del barrio, reemplazaron el oratorio por improvisadas cocinas donde animadores y “Mamás Margaritas” repartieron un plato de comida caliente todas las semanas. Además, desde la parroquia comenzaron a entregar bolsones de alimentos. Laura Tunessi, directora de la obra, explica: “Participaron muchos jóvenes, ayudaron a preparar las bolsas y los días de reparto servían el mate cocido caliente. Era la ‘excusa’ para conversar, cruzar alguna palabra, conocer las historias y tratar de acompañarlas”.

“¿Qué te apasionaba? ¿Qué te hacía vibrar?”

En muchos lugares, este entusiasmo “chocó”, a principios de este año, con el regreso de algunas restricciones. “Había mucho desánimo. Se intuía un ‘sentirse culpable’ por no poder hacer algo. Pero no es un tiempo para culpar a nadie, tampoco para juzgar con los parámetros de antes o de querer ganarle la carrera a lo que no pudimos hacer. Pero quizás sí es un tiempo para sostenernos…”, comparte Saade. Y agrega: Hay que dedicarle tiempo a volver a crear el ambiente salesiano”.

Recrear ese “ambiente” es hoy una prioridad. “Podemos cambiar las actividades, las edades, los horarios. Pero lo fundamental es el vínculo. Y los ‘hilos de sentido’. ¿Qué te apasionaba a vos del oratorio o del batallón? ¿Qué te hacía vibrar? Recuperemos eso, agrega Arriola.

“Si vos te fuiste, no te señalamos. Cuando quieras volver, te esperamos. La casa de Don Bosco tiene siempre las puertas abiertas”, afirma el hermano Lucas Mautino, desde Curuzú Cuatiá.

Y suma: “Hay algo fundamental. A los chicos, a ese adolescente que le tocó más de cerca el COVID, ¿cómo le volvemos a hablar de Dios en una situación de sufrimiento?”. En ese sentido, Saade aporta el lugar prioritario que tiene la lectura de la Palabra: “Así como cuido el vínculo con una persona, cuido el vínculo con Jesús. Necesitamos volver a Él en estos tiempos de incertidumbre”.

En este contexto sigue siendo fundamental la presencia de adultos que acompañen a los jóvenes, que los inviten a reunirse, a pensarse y a rezar. “Hay que volver a ‘armar’ las comunidades juveniles y para eso hay que fortalecer el rol del asesor, que acompañe al joven —explica Arriola—. Esto no implica necesariamente invitarlo a ‘hacer algo’, sino simplemente ir a la casa, visitarlo, saber cómo está. Ese es el primer paso”.

Tiempo de volver a las calles

En muchos casos, la falta de actividades presenciales hizo redescubrir el valor que ellas tenían. Así lo refleja el testimonio de Pablo de Nicolay, quien acompaña el Mallín en General Roca, Río Negro: “A comienzos del 2021 pudimos organizar una convivencia presencial. Fue una experiencia fantástica, esperanzadora, la disfrutamos como pocas veces y fue un empuje importante para comenzar el año”.

Algo similar relata el hermano Lucas Mautino desde Curuzú Cuatiá, Corrientes: “Los jóvenes tenían una gran necesidad de encontrarse. Estar con los chicos es el gran motor del animador. Allí, en abril de 2021 comenzaron con sencillos merenderos en cinco capillas: oportunidad para un saludo, unas “buenas tardes”, verse las caras y a la vez colaborar con las familias.

Al mismo tiempo, el COVID-19 y sus consecuencias potenciaron otras formas de compromiso. “La pandemia también nos puso frente a la problemática ambiental. Lo que estamos viviendo es consecuencia de un estilo de vida que no nos está haciendo bien, agrega Saade. Y comparte cómo muchos se están sumando a iniciativas como Jóvenes por el clima, o participando del Movimiento Mundial Católico por el Clima.

“Vamos a volver a jugar a la pelota, compartir una tortilla, o una guitarreada abajo de la sombra. Tal vez no de la misma forma. Y ese “tal vez no” es la creatividad de pensar cómo vamos a estar en el patio. Han pasado muchas cosas en la vida de los chicos. Y nosotros podemos acompañar”. Florencia Roldán, animadora de Santiago del Estero.

Una de ellas fue Maira Castillo, de Fontana, Chaco. Junto a un grupo de jóvenes iniciaron una campaña para promover el reciclaje, pasando las tardes del sábado en la plaza principal de la ciudad, en pequeños grupos, hablando con los vecinos. La idea ahora es generar reuniones para formarse y seguir dando nuevos pasos.

También son variadas las propuestas destinadas a sostener la educación de chicos y chicas. Un ejemplo es el trabajo que realizaron en la Casa Salesiana Don Bosco de Rawson, Chubut. Allí, junto con la asistencia alimentaria a las familias del barrio Gregorio Mayo, los animadores del oratorio implementaron un sistema de tutorías. Además, para los niños y niñas de la primaria desarrollaron el taller La Pichonada, donde a través de propuestas lúdicas se fueron poniendo en juego saberes de diferentes áreas. Como explican los animadores, se trató de una nueva forma de estar presentes en sus vidas. Nos encontramos, jugamos, escribimos, leímos, experimentamos, reflexionamos… en fin, nos acompañamos.

Luego de un año y medio de pandemia, son muchos los chicos, chicas y adolescentes que nos esperan para jugar, hacer amigos y conocer a Jesús. Para ayudarlos a desarrollar su identidad y encontrar aquello bueno que tienen para dar. Volver a estar juntos se vuelve indispensable, aunque eso implique cambiar las formas y las actividades a las que estábamos acostumbrados. Sin prisa, pero sin pausa, es tiempo de volver a soñar.

“Podemos conocer amigos nuevos, con ideas y con experiencias nuevas y distintas. Necesitamos la calidez del otro, volver a darle vida al patio y también a los vínculos”. Pablo de Nicolay, General Roca.

Para “qué vuelvan los días felices del Oratorio”

Por María Susana Alfaro
msusana.alfaro@gmail.com

Despacito, a medida que las condiciones van mejorando, nuestras casas van abriendo sus puertas y sus espacios vuelven a reunirnos. Nos vamos acercando al Patio con el espíritu inflamado por aquel mismo deseo de Don Bosco en 1884: “Que vuelvan los días felices del Oratorio”. Necesitamos recuperar lo perdido y estamos sedientos de encontrarnos cara a cara con nuestros compañeros de camino. 

Parecemos los mismos pero no somos los mismos. Cada cual lleva en su mochila y en su corazón lo vivido en estos largos meses, sus opiniones sobre lo que fue y lo que debería haber sido, sus esperanzas y sus desalientos, sus convicciones y sus inquietudes. ¿Cómo hacer para alojar tantas experiencias distintas, tantas heridas, tantos anhelos? ¿Cómo volver a reunir lo que estuvo disperso, a medida que se vayan desarmando las burbujas y reunificando los turnos? ¿Cómo hacer para que las tristezas que llevamos dentro no opaquen el brillo y la alegría propios de nuestros encuentros? ¿O para que lo festivo de nuestro carisma no suene a carnaval vacío y desligado de la vida?

A veces tenemos la idea de que, una vez que pasó la tormenta, es preferible no seguir hablando de ella, que es mejor mirar para adelante, tomarnos fuerte de las manos y caminar hacia el futuro. Pero las personas no tenemos un botón que dice “Suprimir”. Los acontecimientos nos marcan y lo vivido deja huella en nosotros. Seguir caminando sin registrarlas es caminar sólo con una parte de lo que somos. 

Por eso quizá una primera respuesta a todas esas preguntas sea que la verdadera unidad no es posible si el reencuentro no integra de alguna manera lo vivido en el tiempo en que estuvimos sin vernos. Es imprescindible buscar formas colectivas de simbolizar lo que nos anudó la garganta y nos ensombreció la mirada, y también de contarnos en qué nos sostuvimos y con qué nos abrigarnos durante los días de intemperie, haciendo lugar a todos los grises con que cada cual trae cargado su pincel sabiendo que es el resultado particularísimo de los blancos y negros por los que debió atravesar.

“Que todos sean uno”, rezó Jesús por sus amigos al final de su vida. Que esa sea también nuestra oración de este tiempo.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – AGOSTO 2021

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