Cuando el Primer Anuncio llega después de los veinte.

Por: Redacción Boletín Salesiano
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Un signo que se observa en las últimas décadas de manera cada vez más frecuente, es encontrarse con jóvenes y adultos que a los veintitantos o más allá de los treinta no han escuchado hablar de Dios, más que en alguna clase de catequesis o por algún feriado en el calendario.
Lo que antes muchos aprendían en casa, a veces de mano de las abuelas, y luego se reafirmaba en la escuela o en la parroquia, hoy es diferente. En algunos casos la puerta de entrada a la dimensión religiosa se da recién al ingresar en el colegio o en los grupos juveniles o también mediante una experiencia sociocomunitaria.
Pero más que con nostalgia, enojo o tristeza, es importante analizar esta realidad sin añorar tiempos pasados, sino pensando qué oportunidades y desafíos supone que el primer anuncio llegue a los veintitantos o más allá de los treinta.
Una experiencia más que un enunciado
Por: Micaela Romero
Hace algunos años viajé al norte neuquino para compartir unos días de servicio en el Santuario de San Sebastián, patrono de los crianceros, devoción muy extendida por esa zona. Recibe muchísima gente durante toda la novena, que va del 11 al 20 de enero. Familias enteras se acercan al Santuario para pedir, agradecer y celebrar. Llegan desde todos los puntos de Neuquén e incluso más allá. En esos días se estaba despidiendo, además, su párroco, misionero de Buenos Aires, después de diez años de andar y desandar los caminos y los no-caminos de la cordillera neuquina. Los locales se referían a él como “el Cura Brochero neuquino”, por su manía de andar a caballo hasta llegar a los parajes y las veranadas más alejadas, para dar a conocer a Jesús y compartir el pan, la palabra y la vida.
Los recuerdos son difusos, porque fue mucho y muy intenso para mí el don de Dios en esos días compartidos. Pero me quedó grabada a fuego una idea que el sacerdote nos dijo en una misa frente a la imagen de San Sebastián, recordando sus pasos por esas tierras: ¡todavía en estos tiempos es posible encontrarse con personas que nunca han oído hablar de Jesús!
Esas palabras me movilizaron y sorprendieron por igual; ¿todavía hoy? ¿2026? En esta parte del mundo y sobre todo en las grandes y pequeñas ciudades, en los pueblos, en los barrios, todos lugares de mucha presencia de la Iglesia, de sacerdotes y consagrados, de misioneros, de acción socio comunitaria, de imágenes y simbolismos religiosos, realmente cuesta creer que exista alguna persona joven o adulta que no haya escuchado nunca jamás hablar de Dios. Que las hay, las hay, aunque quizás haya que salir a andar los no-caminos como hacían los misioneros de los primeros siglos o como hacen aún hoy los misioneros de los lugares remotos.
Pero lo que es muy fácil de encontrar sin siquiera salir a buscar es un número cada vez más incontable de personas que han oído hablar de Jesús, sí, pero que en realidad no lo conocen. Y en este caso no me refiero a los niños que recién comienzan a vislumbrar el mundo, ni de personas que viven geográficamente aisladas, sin acceso a la información o la educación, sino de adolescentes, jóvenes, adultos con su visión del mundo ya formado. Son muchos los que reconocen a Dios como una “idea”, un concepto que existe como tal, pero que les es ajeno. Conocen el nombre de Dios, pero no han oído hablar de su misericordia. Han visto su rostro en estampitas, en anuncios, reconocen los símbolos, pero los ven más como vestigios de una historia pasada que como signos de una historia viva. Conviven en las ciudades y en los barrios con personas que van a Misa, que rezan juntas, que se organizan para poner en práctica la caridad pero no se sienten parte de eso.
Son muchos y están entre nosotros; es decir, no son de otro país, de otra ciudad, de otra escuela, ni siquiera de otra iglesia. ¡También en estos tiempos, en estos espacios, en todos lados, es posible encontrarse con personas que nunca han oído hablar de Jesús!
¡También en estos tiempos, en estos espacios, en todos lados, es posible encontrarse con personas que nunca han oído hablar de Jesús!
En otros tiempos, las “periferias” eran el lugar para la misión, para el primer anuncio, para la invitación a la conversión, mientras que en las escuelas y las parroquias los planes pastorales apuntaban a la permanencia, la perseverancia, la profundización en la doctrina y la liturgia. Los niños llegaban a la catequesis con el santo preferido de la abuela y el rosario de papá, los adolescentes traían las dudas y cuestionamientos a partir de las certezas de la infancia, los adultos las nuevas crisis para buscar ponerle luz desde el Evangelio.
Hoy ya no es una garantía que un joven llegue a la escuela portando el nombre de alguno de los apóstoles. Ni siquiera llegar con el certificado de bautismo en el bolsillo nos habla de su fe ni de la de su familia. Hoy la escuela y la parroquia son, al igual que cada espacio que habitamos, tierra de misión.
Esta es una realidad que a nosotros, catequistas, agentes de pastoral, Iglesia misionera, nos enfrenta a un nuevo-viejo desafío: el de encontrar las palabras para anunciar a Jesús a personas que ya vienen con un sistema de creencias –un sistema operativo, podríamos decir en términos actuales– en el que no siempre “encaja” la idea que tienen de Dios. Y es “viejo” porque no es distinto al desafío de la Iglesia naciente del siglo I, que anunciaban la novedad de un Dios que venció al mal Resucitando de entre los muertos. No es muy diferente tampoco al desconcierto que despertó el anhelo de los misioneros del siglo XV al descubrir culturas nuevas y desconocidas, a las que había que anunciarle un Dios que creó al hombre por amor y no por necesidad, por venganza, poder o ambición. Se parece mucho también a los retos que movieron a la Iglesia del siglo XVIII a luchar por la justicia social tras los cambios que sufrió la sociedad.
Pero es también, esta vez y cada vez, un nuevo desafío. Hoy los tiempos nos invitan a ponernos en movimiento, con nuestro anhelo misionero de siempre, hacia las periferias que nos hablaba el papa Francisco; que ya no son necesariamente geográficas, ni tampoco únicamente sociales. Esas eran las que quiso acompañar el Cura Brochero con su anuncio de un Dios que “es como los piojos, porque está en todos lados pero prefiere a los pobres”. Esas son periferias existenciales: «Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida».
En nuestras aulas, en las escuelas, en nuestra comunidad, las periferias se alcanzan yendo hacia adentro. Si hoy queremos andar hacia donde Dios no es conocido, debemos ir a lo profundo del corazón de cada joven que todavía no se encontró con la persona de Jesús, sino con un nombre, una imagen, de signos muchas veces vacíos de sentido. El desafío hoy es ir hacia el corazón de cada joven para conocer sus sueños, sus inquietudes, sus búsquedas; es el viejo desafío siempre nuevo de encontrar las palabras que le hablen directamente a cada uno, en su idioma. Y una nueva oportunidad, también, de deshacernos de las respuestas elaboradas para otros tiempos, para otros jóvenes, con otras búsquedas y experiencias de vida. Como nos decía Francisco en su encíclica sobre la alegría del Evangelio: «Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar«.
El desafío es escuchar. Es mirar. Es acompañar desde lo profundo. Y la oportunidad que hoy se nos ofrece es la de llegar al corazón de los jóvenes para plantar allí nuestro punto de partida, para encontrar las nuevas palabras, las nuevas formas de anuncio, asumiendo su cultura, su historia, su forma de vivir, distinta a todas las historias y a todos los modos de vivir. Solo desde ahí podemos anunciar la fe como experiencia y no como simples enunciados, una vivencia que nos muestra un modo de vida concreto, y proponer el Evangelio como un camino mejor, una idea superadora, que nos invita a desarrollarnos en plenitud, comprometidos con nuestra propia vida y con la humanidad de todos.
“No sabía que también era para mi”
Por: Braian Fernández
En una tarde de oratorio estaba conversando con un grupo de pibes y pibas sobre sus vidas y la presencia de Dios en ellas. En un momento, un chico dijo: “Yo pensé que Dios era para la gente que hace las cosas bien o para los que van a la Iglesia desde chicos. No sabía que también era para mí”.
Para muchos de ellos, ese era el primer anuncio. Y el mío, se renovó. Yo había escuchado hablar de Dios desde chico, en la catequesis. Su nombre estaba, las palabras estaban, las formas estaban. Pero, aun así, eso nunca alcanzó. En algún momento de mi vida, ese primer anuncio también tuvo que volverse carne. Tuvo que dejar de ser algo aprendido de otros, para pasar a ser algo vivido por mí. Porque una cosa es haber escuchado que Dios ama, y otra muy distinta es descubrir de verdad que ese amor es para uno. Que no es una idea, ni una frase linda, ni algo que les pasa a otros. Que es para mí, así como estoy.
Sin dudas las búsquedas de los demás no nos dejan iguales. Lo que el otro pregunta, duda o descubre, también nos atraviesa. Todos estamos tocados por las búsquedas de los demás. Y en ese ida y vuelta, vamos revisitando nuestra propia historia, vamos repasando nuestros primeros anuncios.
El primer anuncio no siempre tiene que ver con la edad en la que se escucha por primera vez, sino con el momento en que toca el corazón. Y que, en el fondo, todos –más temprano o más tarde– necesitamos que ese anuncio nos alcance de nuevo.
Algunos estudios muestran que los jóvenes y adultos en la Argentina y en América Latina se vinculan con la fe de manera más tardía, fragmentada o directamente sin referencias previas. Muchos no se reconocen dentro de ninguna religión, pero siguen sosteniendo búsquedas espirituales, preguntas por el sentido, por el dolor, por la vida, por lo trascendente.
Podríamos pensar entonces que no desapareció la búsqueda, sino que cambió el modo.
Hoy nos toca animarnos a anunciar lo esencial de la fe –eso que la Iglesia llama con una palabra griega Kerygma– en la vida concreta de estos jóvenes adultos. Como dice el Papa Francisco en Evangelii Gaudium (n. 164), este anuncio es “lo primero”, no en un sentido cronológico, sino porque siempre tiene que volver a ocupar el centro. No es algo que ya dimos por hecho, sino algo que necesita ser anunciado una y otra vez.
El desafío es grande, porque a esa edad, uno ya tiene sus cicatrices, sus búsquedas y, sobre todo, sus desilusiones. No es lo mismo hablarle de Dios a un nene de siete años que a un tipo de treinta que está tratando de “sobrevivir” en medio de un mundo que muchas veces empuja al consumo, a la soledad y al sálvese quien pueda.
No es lo mismo hablarle de Dios a un nene de siete años que a un tipo de treinta que está tratando de “sobrevivir” en medio de un mundo que muchas veces empuja al consumo, a la soledad y al sálvese quien pueda.
Tal vez por eso, cuando el anuncio llega en este momento de la vida, pega distinto; porque encuentra otras preguntas, otras heridas, una situación de vida diferente. Necesitamos un Cristo que no sea figura de museo, sino una eterna novedad, que pueda romper esos esquemas aburridos en los que a veces pretendemos encerrarlo.
Como repetía Francisco, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una Persona”.
Esto nos desafía constantemente, nos obliga a revisar nuestros lenguajes. El joven adulto necesita una propuesta que dialogue con su vida concreta. Con la frustración de no llegar a fin de mes, con la presión por “ser alguien”. Que dialogue con sus vínculos frágiles, con las búsquedas muchas veces silenciosas.
En medio de la incertidumbre, del cansancio o incluso del vacío, aparece un terreno donde el anuncio de un Dios que ama, que no abandona y que sigue apostando, puede resonar con fuerza.
En este sentido, la cercanía de la Semana Santa se vuelve una oportunidad privilegiada. No como una serie de ritos que se repiten, sino como la posibilidad de anunciar –-quizás por primera vez– que hay un Dios que entrega su vida por amor, que no se queda en la muerte y que abre un horizonte nuevo incluso en medio de la oscuridad.
Volviendo a ese patio, a ese mate compartido, a esa frase dicha casi en voz baja, ahí hay algo que empieza. No es perfecto, no está cerrado, no tiene todas las respuestas. Pero es real.
Y tal vez ahí esté la clave. Porque en un país y un tiempo donde tantas cosas tambalean, donde los proyectos se vuelven frágiles y las certezas escasean, anunciar que hay un amor que sostiene, que no falla y que siempre vuelve a empezar no es poca cosa.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – ABRIL 2026
