El agua que sacia la sed.

Por: Roberto Castello
castelloroberto@hotmail.com
El ciclo litúrgico del año 2026 nos invita especialmente a reflexionar sobre el creer. En particular, los evangelios del tercer, cuarto y quinto domingo se presentan como un camino progresivo que nos enfrenta a una pregunta central: ¿creemos o no en Jesús?
Estos textos fueron pensados originalmente como una preparación para quienes se acercaban al bautismo: adultos que, al conocer a Jesús, se animaban a dar un paso más en su fe.
Así, las primeras comunidades cristianas usaban este tiempo de oración y escucha de la Palabra para preparar el corazón de quienes deseaban entrar en el misterio del Reino y seguir a Jesús.
El encuentro en el pozo
El tercer domingo de Cuaresma se nos propuso el pasaje de la samaritana (Jn 4, 5–42). Se trata de una mujer sencilla que, como todos los días, va al pozo a buscar agua. En ese gesto cotidiano se encuentra con Jesús, que está sentado allí y le pide: “Dame de beber”.
La escena es provocadora. En ese tiempo no era bien visto que un hombre hablara a solas con una mujer que no era su esposa. Incluso los discípulos se sorprenden y se preguntan qué pretende Jesús. A esto se suma otro conflicto: Jesús es judío y la mujer es samaritana, pueblos enfrentados por sus diferencias religiosas y por la manera de entender a Dios.
El evangelista presenta así un escenario ideal para reflexionar sobre qué significa creer.
El agua viva
Jesús le ofrece a la mujer un agua que quita la sed para siempre. Ella no termina de entender, pero se anima a pedirle esa “agua viva”. Poco a poco, el diálogo deja de hablar del agua material y se vuelve más profundo: se trata del agua que da sentido a la vida.
Jesús toca la historia personal de la samaritana. Ella se siente mirada de una manera distinta y
empieza a preguntarse quién es realmente ese hombre, al que reconoce como profeta. Mientras ella busca un agua que sacie su sed, Jesús le habla de una fe nueva:una fe que no depende de lugares sagrados ni templos, sino que se vive en el espíritu y en la libertad.
Una fe que libera
El mensaje de Jesús rompe con los prejuicios de su tiempo. Ya no hay divisiones ni barreras. No se trata de templos ni de ritos vacíos, sino de descubrir a un Dios que libera y da vida.
La rutina y los prejuicios habían convertido a la samaritana en prisionera: de su historia, de su lugar como mujer, de una religión rígida. Jesús le propone algo distinto: una fe que libera de las exigencias, de los méritos y de las divisiones. Una fe que refresca y renueva.
Cuando la mujer comprende lo que ha vivido, se convierte en testigo. Deja su cántaro y va al pueblo a anunciar lo que le pasó: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice”.
Ya no es alguien atrapada en la repetición de todos los días, sino una persona que fue vista, reconocida y valorada.
Creer es hacerse cargo de la vida
Este pasaje del evangelio de Juan tiene un fuerte sentido bautismal. El agua viva no es un agua que limpia culpas o borra un pecado original, sino un agua que nos devuelve la vida nueva que nace de la Pascua, del paso de la muerte a la vida.
Antes de Jesús, muchas veces se vivía la fe como esclavitud: un dios que juzga, divide y exige méritos. Con Jesús se abre un camino nuevo: aprender a vivir en libertad, comprometidos con nuestra propia historia y con la de los demás.
Creer es aceptar lo que somos y hacernos responsables de la vida. Es no volver atrás, a una fe cómoda que tranquiliza la conciencia pero no libera. Creer es animarse a una fe que transforma, compromete y nos hace verdaderamente libres.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – ABRIL 2026
