«En la sociedad hay mucha más fe de lo que suponemos»

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Entrevista al obispo de córdoba, Ángel Rossi.

Por Valentina Costantino y Ezequiel Herrero

redaccion@boletinsalesiano.com.ar

¿Los jóvenes ya no creen? ¿Vivimos en una sociedad sin fe? ¿Podemos hablar de Dios a los jóvenes de hoy como lo hacíamos décadas atrás? Sobre estos y otros temas el Boletín Salesiano de Argentina dialogó con monseñor Ángel Rossi.

¿Vivimos en una sociedad sin fe?

No me atrevería a decir que vivimos en una sociedad sin fe. Sí uno puede decir que hay toda una movida en ciertos ámbitos que intenta hacernos creer que no tenemos fe. Pero yo estoy convencido que eso no es así, de ninguna manera. Quizás lo que sucede es que no se manifiesta del modo que uno lo ha vivido o que espera que lo viva el otro. Los caminos de cómo Dios llega al corazón –eso es la fe, es la experiencia de encuentro con Dios–  son tan distintos, tan variados… Creo que hay fe, y hay experiencias de fe, muchas más de lo que uno supone

Y en los jóvenes sin duda. A veces es una fe que toma la forma de la esperanza o de la solidaridad. Y si hay solidaridad es porque hay fe, en Dios, en el corazón de los demás, en los necesitados, hay un creer sin ver. Lo que nos falta es el oído o el corazón para “pescar” el modo en cómo Dios llega a las distintas personas y cómo los corazones lo perciben. A veces pretendemos que sea del modo que nosotros suponemos y Dios siempre nos sorprende.

En 1992 Angel Rossi, junto a un grupo de amigos y voluntarios comienza a repartir ropa y alimentos a las personas que más lo necesitaban en Villa de Mayo, provincia de Buenos Aires. Casi sin imaginarlo, allí comenzaba la fundación Manos Abiertas, que actualmente desarrolla labores solidarias y de promoción social en más de una decena de ciudades.

Usted nos compartía que en el trabajo solidario hay muchos signos de la presencia de Jesús en la sociedad. ¿Cuáles son?

Uno lo ve claramente primero en aquellos a los que intentamos dar una manito, los que nosotros llamamos “los patroncitos” –le “robamos” el término a San Alberto Hurtado– , sea el enfermo terminal, el hombre en situación de calle, para nosotros en Manos Abiertas, son  nuestros patroncitos. En primer lugar a Dios lo encuentro en ellos. Porque en esa experiencia de vulnerabilidad son maestros de esperanzas, de una mirada que trasciende

Y después en el mundo del voluntariado. A mí me sorprende, la respuesta de los jóvenes en el voluntariado, yo creo que es una manifestación de la fe. Quizás no es necesariamente religiosísima. Acá hay grandes corazones, acá hay fe, acá hay una mirada de esperanza que quizás no se explicita tan piadosamente en todos los casos, pero todo hombre bueno ya es cristiano. En ese sentido la juventud responde cuando hay necesidades concretas. Y ahí mete el corazón y ahí va también la fe. No necesariamente como la suponemos, pero hay fe en el corazón de la gente, hay fe de que de que el mundo puede ser distinto, si no, no darían una mano.

Por lo que usted viene planteando parecería que el trabajo es de los adultos que tenemos que cambiar la mirada y encontrar la fe en los jóvenes, ¿qué pistas nos puede dar para eso?

Yo creo que hemos perdido el lenguaje. Nos cuesta encontrar la palabra entre tantas palabras, esa es nuestra paradoja. En un mundo empachado de palabras a veces nos cuesta encontrar la palabra que haga de puente entre las generaciones. No solo la palabra dicha, sino el puente tendido. A veces a los adultos nos cuesta, por mil cosas, uno siente que no llega a “pescar”. Yo creo que es un desafío nuestro, de los adultos, primero estar seguros de que hay un tesoro en el corazón de cada uno de los jóvenes, como en el nuestro. Malo, es cuando vos sos escéptico y supones que es inútil hablarles porque o no te van a entender, o no les importa. Eso es una mentira, casi un pretexto para no hacernos cargo de encontrar el lenguaje. El desafío es encontrar  la palabra entre tantas palabras. 

«Es un desafío nuestro estar seguros de que hay un tesoro en el corazón de cada uno de los jóvenes, como en el nuestro»

Y cuando los jóvenes se animan a hablarnos, nos hace mucho bien. A veces hablan mucho entre ellos, porque nosotros en la familia les abortamos los diálogos, tenemos miedo por lo que van a decir o porque son críticos para con nosotros, para la Iglesia. A veces no terminamos de respetar las frases de ellos, se las cortamos antes que terminen y le bajamos nosotros una receta. Por supuesto no nos hacen caso, gracias a Dios. O le decimos “cuando yo tenía tu edad”,  y ellos piensan “y a mí qué me importa, necesito una respuesta al hoy”. En general me parece que hay una especie de grieta, de divorcio del lenguaje diría. Es curioso porque a veces– también el Papa insiste mucho– se da un acercamiento del más joven con los más viejitos, por ejemplo con el abuelo y en medio quedó el papá o la mamá. De golpe el nieto tiene una sintonía y puede hablar con el abuelo cosa que no se animaría a hablar con sus padres Bueno quiere decir que no es que no hay posibilidad de la palabra.

¿Qué claves nos puede brindar para ayudarnos en esta tarea de dialogar con los jóvenes, y ayudarlos a encontrarse con Dios?

Lo primero es escuchar, es un término con el que el Papa también insiste mucho. El escuchar significativamente, no solo escuchar auditivamente, sino la capacidad de escucha. Muchas veces andamos mal porque no nos escuchamos. Yo creo que a nivel de Iglesia, a nivel de las generaciones está faltando la humildad para escuchar. Porque para escuchar hay que ser humilde, es el drama, por eso no hay tanto escuchadores, porque el que escucha muere a su propia opinión de alguna manera. Le está le está dando sitio a la palabra del otro. Yo creo que el primer gran desafío es escuchar.

Lo segundo es que cada uno sepa encontrar ese espacio de encuentro con Dios. Para algunos serán los sacramentos, para otros tener misa, para otros será el silencio de la naturaleza, otros será el silencio del propio corazón. La parafernalia del mundo hace que nos cueste encontrar ese sitio de encuentro con Dios. En el silencio es donde uno puede encontrarse también con uno mismo, a veces ni con ni con uno mismo nos encontramos.

«Para escuchar hay que ser humilde, por eso no hay tanto escuchadores, porque el que escucha muere en su propia opinión de alguna manera».

Y después el estar siempre abierto a los demás, y en eso los jóvenes –sin querer adularlos– son maestros. Frente al dolor ajeno la capacidad de olvido de sí, no de no quererse, sino olvidarse. Son dos cosas muy distintas. No quererse no es bueno, no es sano, pero olvidarse un poquito de sí mismo sí es bueno. Poner el centro en el otro en vez de mí es la clave de la fe, no solo de la nuestra. De la nuestra es la parábola del Buen Samaritano, es Mateo 25. Un corazón que esté abierto al griterío o al susurro del dolor ajeno, que a veces está más cerca de lo que uno supone. A veces no hace falta ni salir de la casa. Y otras veces es asomarse a la ventana y ver que hay un mundo de dolor que también nos concierne, somos responsables también de dar una manito en ese mundo.

A veces solemos pensar que hablar a la gente que tiene mucho sufrimiento, que pasa situaciones económicas, de violencia, muy difíciles… uno dice cómo le voy a hablar de fe… Ustedes nos compartía lo contrario, a veces son ellos los que más fe tienen..

A veces la forma de llevarle el Evangelio es acompañar. Hay situaciones de dolor donde no hay nada para decir pero sí estar cerca que es un modo de evangelizar. A veces lo que le pasa a la gente que sufre es que está sola, le falta la compasión, falta no que alguien te dé el consejo del gran dolor, porque te va a decir “métete en el pellejo mío y vamos a ver cómo te va”, pero sí le hace bien cuando siente que están cerca, estar cerca afectiva y efectivamente. Eso el que sufre –que también a veces podemos ser nosotros– lo percibe inmediatamente. Quizás después ni te acordás que te dijeron pero sí te acordás que estuvieron. Que en los grandes dolores tocaron la puerta de tu casa, que en las grandes alegría vinieron a celebrar con vos. Yo creo que estamos todos pegoteados, pero falta cercanía.

Por un lado hay una crítica muy fuerte a los jóvenes, pero por otro lado hay todo un mercado que dice “hay que parecerse a los jóvenes”… ¿Qué sueños, qué expectativas tiene usted para los jóvenes?

Uno sueña que en su corazón haya un horizonte lindo sobre todo de cercanía a Dios. Y que haya esperanza. El drama es que frente a sus ojos hay una especie de muro infranqueable que es la misma sociedad, la pobreza, la miseria, la realidad, muchas veces gestada por los adultos, aunque después le decimos a ellos… Espero que a pesar de todo no se pierde la capacidad de soñar. San Agustín hace 1.500 años le decía a los jóvenes “no se dejen cortar las alas por los adultos”. Y 1500 años después José Luis Martínez Descalzo, el escritor y sacerdote español, decía “ni se dejen cortar las alas por los adultos, ni se la saquen ustedes mismos y las cuelguen en el perchero de la mediocridad”. Son las dos  posibilidades de no volar así. Yo creo que los jóvenes tienen vuelo, por eso espero que no pierdan la capacidad de soñar. Es muy triste cuando un joven ya no sueña. Pues entonces es biológicamente joven, pero espiritual y psicológicamente ya ha envejecido y es muy triste.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – ABRIL 2023

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