Tirar la moneda

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Tecnología, ahorro, especulación e impacto en el medioambiente se mezclan en el debate de las «criptomonedas».

André François McKenzie – Unsplash

Por Ricardo Díaz • redaccion@boletinsalesiano.com.ar

“El dinero hace al mundo andar”, cantaba Liza Minnelli en la película Cabaret de 1972, y parece que podríamos seguir con las mismas palabras. En efecto, el dinero desde siempre ejerce su efecto de fascinación, que parece recientemente reactualizado y reeditado en su nueva forma de Bitcoin, Ethereum, DAI y varias “criptomonedas” más, lo que puede llevar a algunas reflexiones.

¿Tesoro escondido?

Las criptomonedas nacieron a partir de los intentos por ocultar el rastreo y la trazabilidad de las cadenas de pago en las transacciones por Internet —de hecho, el prefijo krypto proviene del griego, significando “escondido” o “secreto”—. Esta característica se potenció cuando, gracias al desarrollo de la matemática y la informática, se descentralizaron los mecanismos de control necesarios para evitar fraudes mediante la utilización de sistemas criptográficos cada vez más avanzados. Hay quien dice que el desarrollo técnico alcanzado para lograr estas bases de datos descentralizadas, conocidas como “cadena de bloques” —blockchain, en inglés—, puede ser tanto o más relevante que las propias criptomonedas.

Se establece así una diferencia con lo que ocurre con las monedas tradicionales, reguladas por algún tipo de autoridad monetaria estatal, como pueden ser los Bancos Centrales, lo que vuelve particularmente atractivas a las criptomonedas para los usuarios desconfiados ante diversas políticas monetarias implementadas por los gobiernos. 

De hecho, el sistema de las criptomonedas está diseñado para “premiar” a los integrantes de la red, en la medida que logren colaborar en la compleja tarea de control descentralizado de las transacciones —lo que incluye complejos problemas de informática— confiriendoles nuevas porciones de Bitcoin —al momento de escribir estas líneas un Bitcoin cotizaba a 47.000 dólares, y su fracción más pequeña, denominada satoshi, equivalía a una cienmillonésima parte de Bitcoin—

Al momento de escribir estas líneas un Bitcoin cotizaba a 47.000 dólares: hace un año, su valor era de 5.000.

Este proceso, denominado “minería” —en analogía con la extracción de oro de las minas— requiere de poderosos equipos de informática, que demandan altas cantidades de energía, con su impacto ecológico consecuente: algunas estimaciones advierten que cada año la minería de Bitcoin consume más electricidad que toda la Argentina. Y si bien ha generado una gran cantidad de “mineros” que compiten entre sí por el ansiado premio, ya que los que no llegan a tiempo a resolver las tareas pierden el esfuerzo realizado, también se ha comprobado una mayor concentración: cinco empresas, todas localizadas en China, concentran el 75% de la minería que se hace en el mundo. ¿Seguirá siendo un sistema descentralizado?

Con la misma moneda

Por otro lado, parecería que estamos ante una tautología, ya que la confianza de los compradores de criptomonedas en su valor descansa en que todos los usuarios así lo creen. Hay controversia sobre el fundamento real del valor de este tipo de monedas. En las monedas tradicionales, su valor descansa en definitiva en que hay una autoridad estatal que aceptará el cobro de impuestos, por ejemplo, en tal moneda. 

Además de los “mineros” de criptomonedas, hay muchas personas que desean adquirirlas por motivos de atesoramiento, como una forma ventajosa de ahorro. Sin embargo, así como hay subas fuertes en la cotización de estas monedas, también hay bajas violentas: en la última semana de febrero de 2021, el Bitcoin perdió casi un 25% de su valor; a finales de 2017, su precio cayó cerca del 70% en apenas medio año.

Pero, precisamente por esta posibilidad, también se suman especuladores dispuestos a “comprar barato y vender caro” —o, al revés, “vender caro y comprar barato”: el orden cronológico de la especulación no altera el resultado— en plazos muy cortos de tiempo, lo que acentúa todavía más esos “subes y bajas” tan pronunciados, en los que a veces una simple declaración periodística puede ser determinante. Un juego de “suma cero”, en el que lo que uno gana es porque lo pierde otro, y donde uno de los principales requisitos es… saber retirarse a tiempo.

El valor de las cosas

Más allá de la polémica sobre el valor de las criptomonedas y su fundamento, y las oportunidades de una posible combinación de buenas decisiones por parte de algún jugador, parece claro que, más en general, la especulación no es un camino para que las naciones, en su conjunto, se enriquezcan y progresen.

Es conocido el ejemplo del casi nulo valor que puede tener un billete de alta denominación en una isla habitada sólo por un náufrago sobreviviente: apenas el valor en tanto papel. Es que el “poder” del dinero tiene como contrapartida el hecho de que haya bienes y servicios que puedan preciarse en dinero en una sociedad determinada.

Un juego en el que todos puedan ganar busca la generación de valor genuino, basado en la producción y el trabajo.

Entonces, parecería que un juego en el que todos puedan ganar es aquel en el que se busca la generación de valor genuino, basado en la producción y el trabajo, no en la mera especulación. Y, entonces, la posibilidad del ahorro puede encontrar un fin virtuoso, en la medida que financie y lleve a la inversión real que beneficia a la sociedad en su conjunto. Obviamente, aquí también es necesario apuntar a garantizar cierta estabilidad, y cierta confianza, en el valor de las monedas nacionales, tan deteriorado por procesos inflacionarios persistentes.

Recuperar la importancia de los valores de la dedicación, el esfuerzo y la superación a partir del trabajo, aún con las medidas requeridas de contención y asistencia social dirigidas a los más necesitados, puede no tener el brillo y la atracción de una ganancia fácil y rápida, pero sabemos del fruto abundante que encierran las acciones hechas con entrega generosa y conciencia social, propuestas a cuya presentación las generaciones jóvenes tienen derecho para una vida feliz.

BOLETIN SALESIANO – ABRIL 2021

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Tecnología, ahorro, especulación e impacto en el medioambiente se mezclan en el debate de las «criptomonedas».

André François McKenzie – Unsplash

Por Ricardo Díaz • redaccion@boletinsalesiano.com.ar

“El dinero hace al mundo andar”, cantaba Liza Minnelli en la película Cabaret de 1972, y parece que podríamos seguir con las mismas palabras. En efecto, el dinero desde siempre ejerce su efecto de fascinación, que parece recientemente reactualizado y reeditado en su nueva forma de Bitcoin, Ethereum, DAI y varias “criptomonedas” más, lo que puede llevar a algunas reflexiones.

¿Tesoro escondido?

Las criptomonedas nacieron a partir de los intentos por ocultar el rastreo y la trazabilidad de las cadenas de pago en las transacciones por Internet —de hecho, el prefijo krypto proviene del griego, significando “escondido” o “secreto”—. Esta característica se potenció cuando, gracias al desarrollo de la matemática y la informática, se descentralizaron los mecanismos de control necesarios para evitar fraudes mediante la utilización de sistemas criptográficos cada vez más avanzados. Hay quien dice que el desarrollo técnico alcanzado para lograr estas bases de datos descentralizadas, conocidas como “cadena de bloques” —blockchain, en inglés—, puede ser tanto o más relevante que las propias criptomonedas.

Se establece así una diferencia con lo que ocurre con las monedas tradicionales, reguladas por algún tipo de autoridad monetaria estatal, como pueden ser los Bancos Centrales, lo que vuelve particularmente atractivas a las criptomonedas para los usuarios desconfiados ante diversas políticas monetarias implementadas por los gobiernos. 

De hecho, el sistema de las criptomonedas está diseñado para “premiar” a los integrantes de la red, en la medida que logren colaborar en la compleja tarea de control descentralizado de las transacciones —lo que incluye complejos problemas de informática— confiriendoles nuevas porciones de Bitcoin —al momento de escribir estas líneas un Bitcoin cotizaba a 47.000 dólares, y su fracción más pequeña, denominada satoshi, equivalía a una cienmillonésima parte de Bitcoin—

Al momento de escribir estas líneas un Bitcoin cotizaba a 47.000 dólares: hace un año, su valor era de 5.000.

Este proceso, denominado “minería” —en analogía con la extracción de oro de las minas— requiere de poderosos equipos de informática, que demandan altas cantidades de energía, con su impacto ecológico consecuente: algunas estimaciones advierten que cada año la minería de Bitcoin consume más electricidad que toda la Argentina. Y si bien ha generado una gran cantidad de “mineros” que compiten entre sí por el ansiado premio, ya que los que no llegan a tiempo a resolver las tareas pierden el esfuerzo realizado, también se ha comprobado una mayor concentración: cinco empresas, todas localizadas en China, concentran el 75% de la minería que se hace en el mundo. ¿Seguirá siendo un sistema descentralizado?

Con la misma moneda

Por otro lado, parecería que estamos ante una tautología, ya que la confianza de los compradores de criptomonedas en su valor descansa en que todos los usuarios así lo creen. Hay controversia sobre el fundamento real del valor de este tipo de monedas. En las monedas tradicionales, su valor descansa en definitiva en que hay una autoridad estatal que aceptará el cobro de impuestos, por ejemplo, en tal moneda. 

Además de los “mineros” de criptomonedas, hay muchas personas que desean adquirirlas por motivos de atesoramiento, como una forma ventajosa de ahorro. Sin embargo, así como hay subas fuertes en la cotización de estas monedas, también hay bajas violentas: en la última semana de febrero de 2021, el Bitcoin perdió casi un 25% de su valor; a finales de 2017, su precio cayó cerca del 70% en apenas medio año.

Pero, precisamente por esta posibilidad, también se suman especuladores dispuestos a “comprar barato y vender caro” —o, al revés, “vender caro y comprar barato”: el orden cronológico de la especulación no altera el resultado— en plazos muy cortos de tiempo, lo que acentúa todavía más esos “subes y bajas” tan pronunciados, en los que a veces una simple declaración periodística puede ser determinante. Un juego de “suma cero”, en el que lo que uno gana es porque lo pierde otro, y donde uno de los principales requisitos es… saber retirarse a tiempo.

El valor de las cosas

Más allá de la polémica sobre el valor de las criptomonedas y su fundamento, y las oportunidades de una posible combinación de buenas decisiones por parte de algún jugador, parece claro que, más en general, la especulación no es un camino para que las naciones, en su conjunto, se enriquezcan y progresen.

Es conocido el ejemplo del casi nulo valor que puede tener un billete de alta denominación en una isla habitada sólo por un náufrago sobreviviente: apenas el valor en tanto papel. Es que el “poder” del dinero tiene como contrapartida el hecho de que haya bienes y servicios que puedan preciarse en dinero en una sociedad determinada.

Un juego en el que todos puedan ganar busca la generación de valor genuino, basado en la producción y el trabajo.

Entonces, parecería que un juego en el que todos puedan ganar es aquel en el que se busca la generación de valor genuino, basado en la producción y el trabajo, no en la mera especulación. Y, entonces, la posibilidad del ahorro puede encontrar un fin virtuoso, en la medida que financie y lleve a la inversión real que beneficia a la sociedad en su conjunto. Obviamente, aquí también es necesario apuntar a garantizar cierta estabilidad, y cierta confianza, en el valor de las monedas nacionales, tan deteriorado por procesos inflacionarios persistentes.

Recuperar la importancia de los valores de la dedicación, el esfuerzo y la superación a partir del trabajo, aún con las medidas requeridas de contención y asistencia social dirigidas a los más necesitados, puede no tener el brillo y la atracción de una ganancia fácil y rápida, pero sabemos del fruto abundante que encierran las acciones hechas con entrega generosa y conciencia social, propuestas a cuya presentación las generaciones jóvenes tienen derecho para una vida feliz.

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