Una madre que ama y confía plenamente a su Hijo.

Por: Luis Timossi, sdb
ltimossi@donbosco.org.ar
En las bodas de Caná María juega un papel muy significativo y, podríamos decir, “icónico”. Es modelo de fe para todo creyente. En primer lugar, ella es quien percibe la falta de vino –en el relato, parece ser la única que se da cuenta–, y a continuación le pasa la información a su Hijo diciéndole: “No tienen vino”.
Ante un problema, ante una situación difícil, ella inmediatamente se dirige a quien sabe que tiene el poder para dar una respuesta. María es la primera en creer en su Hijo. Y en esto ya se convierte en una señal que orienta nuestras opciones. No se paraliza ante el problema, no se enoja, no se queda dándole vueltas al asunto, no se angustia, no busca culpables…. Se dirige directamente a su Hijo con sencillez, sin llamar la atención, con una confianza conmovedora, que expresa su total convicción.
María no se paraliza ante el problema, no se enoja, no se queda dándole vueltas al asunto, no se angustia, no busca culpables. Se dirige directamente a su Hijo con sencillez, sin llamar la atención, con una confianza conmovedora, que expresa su total convicción.
Una mirada atenta
La respuesta de Jesús se presenta, a nuestra manera de entender, como bastante fría y evasiva: “Mujer, ¿qué tengo que ver yo contigo? Todavía no ha llegado mi hora”. Con esta afirmación parece querer desentenderse del problema que su madre le acaba de confiar, como si él estuviera en otro plano. Él está allí, en esa boda, pero su mirada está atenta sólo al proyecto de su Padre, Dios.
María no se desmoraliza ni se acobarda, ni pierde la iniciativa ante una contestación que parece desentenderse del problema.
María ya había escuchado algo parecido, cuando a los doce años Jesús se queda en el templo, y les reprocha que se hubieran preocupado buscándolo en la caravana: “¿No sabían que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49-51). Ahora Jesús creció, pero ella también maduró y se afianzó en su fe. De hecho, no se desmoraliza ni se acobarda, ni pierde la iniciativa ante una contestación que parece desentenderse del problema. Cuando Dios aparenta no ver, no escuchar nuestras oraciones, ¿qué actitud asumimos? Muchas veces desfallecemos, nos angustiamos y hasta nos enojamos con Él, María sigue creyendo, porque su amor se hizo más auténtico y su fe ya no es fruto de lógicas o creencias humanas, sino de su alma inflamada en amor. Es su amor quien sostiene su fe y la hace oro puro.
Una fe valiente
Es aquí donde se percibe la total libertad interior de la Virgen. Ella no responde nada, ni siquiera insiste, no se ofusca ante la respuesta evasiva de su Hijo, sin dudarlo, dice a los servidores: “Hagan lo que él les diga”.
La verdadera libertad implica asumir la responsabilidad total en nuestras decisiones superando toda barrera o inseguridad. La auténtica libertad se apoya en una certeza interior que nace del sentirse afianzado en la piedra angular, en el amor de Dios que es más fuerte: “Aunque cruce por oscuras quebradas ningún mal temeré, porque tú estás conmigo” –Sal 23, 1-3–.
La fe de María la hace libre. María arriesga. Tiene una fe valiente. Se confía igualmente en su Hijo, creyendo que él intervendrá. Es una fe libre de todo miedo, inseguridad o confusión, porque cree firmemente que su Hijo no la defraudará. Por eso se toma toda la libertad del mundo para decirle a los sirvientes: “Hagan lo que él les diga”. Su seguridad es absoluta. Ama entrañablemente a su Hijo, y lo conoce muy bien.
Y esta fe, le “arranca”, podemos decir, el primer milagro, el primer signo de la divinidad a su Hijo. El agua se convertirá en vino y la boda no fracasará. Habrá fiesta en esa comunidad.
Auxiliadora
María en las bodas de Caná sale en auxilio de los novios a los que se les aguaba la fiesta. María detenta un poder que bien sabe no le pertenece, es de su Hijo. Un poder que la hace libre y capaz de suscitar la máxima confianza. Ella no defrauda, siempre consuela, recompone, eleva, sana, quiere el bien sin fisuras.
Don Bosco tenía tanta confianza en ella que difundió este poder de María como auxiliadora, promoviendo una oración tradicional atribuida a San Bernardo, pero que él utilizaba con inmensa fe y propagaba para obtener gracias de María Auxiliadora: “Acuérdate, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu auxilio, haya sido abandonado”.
Que el Aguinaldo de este año nos impulse a imitar a María en su ser “creyente y libre para servir”, y nos renueve en la certeza de su auxilio en toda situación y circunstancia.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2026
