Frente al laberinto

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No es posible vivir con miedo.

Por: M. Susana Alfaro

salfaro@donbosco.org.ar

Hace varios años, en una Feria del Libro que hicimos en la escuela, descubrí un cuento de Graciela Cabal que tenía un título inusualmente elocuente. Al leer los primeros renglones decidí comprarlo, intuyendo que iba a ser, además de un texto para disfrutar,  una herramienta útil para mi tarea de acompañar niños. El cuento se titula simplemente “Miedo”. Y empieza así:

“Había una vez un chico que tenía miedo.
Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.
Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.
Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.
Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes. Mucho miedo tenía ese chico.
Entonces, la mamá lo llevó al doctor. Y el doctor le recetó al chico un jarabe para no tener miedo (amargo era el jarabe).
Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto…”

Desde entonces la historia del chico que tenía miedo acompañó a otros muchísimos chicos y chicas con miedo, pero además, también ayudó a que muchos grandes pudieran poner en palabras lo que les causa temor. Porque el miedo no es solo cosa de chicos.

Miedo

El miedo es una experiencia universal, que tiene lugar cuando nos representamos la posibilidad de que algún mal nos alcance. Es decir, cuando algo se instala como amenaza. Es una experiencia anticipatoria, que nace del registro de un peligro que puede concretarse y afectarnos directa o indirectamente.

Cuando en el año 2004 ocurrió el tsunami en Tailandia, la gran mayoría de las personas que estaban ahí no advirtió las primeras señales. Fascinados por el extraño fenómeno del mar que se retraía mucho más de lo habitual y volvía con olas que llegaban también mucho más allá de lo acostumbrado, y se dedicaron a sacar fotos al paisaje y a los chicos que jugaban saltando en la orilla. Nunca vieron en eso un potencial peligro. Cuando, finalmente, llegó la ola grande que causó todo lo que ya sabemos, casi nadie estaba preparado. Nadie imaginó que eso podía suceder, no existía ese concepto. Hoy, ante un mar que se retire tanto, nadie se quedaría a jugar en la orilla, incluso muchos viajeros han decidido no ir a veranear a esa zona por las dudas de que vuelva a ocurrir algo así. 

Cuando se instala en nosotros la idea de que algo puede terminar dañándonos, se activa la alarma que provoca la necesidad de cuidarnos, de ponernos a resguardo, de evitar el mal anunciado.

Así funciona el miedo: cuando se instala en nosotros la idea de que algo puede terminar dañándonos, se activa la alarma que provoca la necesidad de cuidarnos, de ponernos a resguardo, de evitar el mal anunciado. En el caso del tsunami, la propuesta turística fue una persiana que muchos bajaron, por las dudas, como si se trazara una zona de exclusión preventiva. El problema es que, cuando aumentan los focos de riesgo, también lo hacen las zonas de exclusión y la vida va quedando cada vez más restringida y empobrecida.

“Miedo a la oscuridad”

Cuando tenemos miedo todos nos sentimos un poco niños. El sentimiento de vulnerabilidad, de que hay cosas más grandes y poderosas que nosotros mismos de las que no nos vamos a poder proteger, nos hace sentir pequeños e indefensos.

Ya no tenemos miedo a la luz apagada pero sí a otras oscuridades que nos niegan la posibilidad de evaluar la realidad con precisión; imágenes creadas con IA, fake-news, noticias que no sabemos hasta dónde son ciertas y hasta dónde producidas o retocadas, la interpretación discrecional de las normas y leyes, son algunos ejemplos de cómo se desdibujan nuestras referencias, dejándonos una sensación de inestabilidad y desconcierto que afecta nuestra capacidad de tomar decisiones y disfrutar la vida.

El futuro se presenta tan incierto que lejos de ser la estrella detrás de la que vamos, repite un único imperativo: aprovechá ahora, disfrutá ahora, gastate todas las fichas ahora porque el mañana es una incógnita.

En este mismo sentido, el futuro se presenta tan incierto que lejos de ser la estrella detrás de la que vamos, la que anima a caminar y le infunde sentido y entusiasmo a la marcha, es tan poco previsible que parece un agujero negro, ambicioso y voraz, que repite un único imperativo: aprovechá ahora, disfrutá ahora, gastate todas las fichas ahora porque el mañana es una incógnita.

En un escenario así, por muy fantástico y divertido que parezca al principio, todo pierde sentido, porque está viciado de banalidad desde el origen. El estudio, un proyecto de familia, o cualquier otra forma de progresar y trascender pierden su encanto cuando no podemos, si no garantizar, al menos soñar con que duren en el tiempo. ¿Cómo no sentir miedo cuando al mirar hacia adelante solo vemos vacío?

“Miedo a los ruidos fuertes”

Pero nosotros no tenemos miedo porque sí. Todos los días, vemos cómo los que tienen en sus manos el poder de decidir el destino de millones y millones de seres humanos, eligen sostener las condiciones que sean útiles a sus intereses, aunque eso signifique el aniquilamiento de la vida de todas aquellas personas. Junto a eso, situaciones locales de violencia, robos, homicidios, abusos de todo tipo, repetidas al infinito en los medios, muestran que el barrio, el lugar conocido, dejó de ser un lugar seguro, que a la vuelta de la esquina pueden estar sucediendo cosas terribles, que si te vacunás te morís y si no te vacunás te mandan al rincón. Que Dios ha muerto pero está listo para resucitar cuando reciba una dosis de Revivex. Que si no estás en las redes no existís, pero si estás conocen todo de vos y te van a ir buscar y te van a robar la identidad. El mundo está como nunca de embromado.

Respondiendo a sus intereses, muchos se han dedicado a anunciar tsunamis ficticios pero convincentes, y a alimentar una sensación generalizada de estar en riesgo inminente, un riesgo que no sabemos de dónde puede venir, así que, por las dudas, nos defendemos de todo y de todos, con dispositivos que –convenientemente– algunos tienen para ofrecernos. El problema es que cuanto más barreras ponemos, más solos nos quedamos, y la soledad no es un buen remedio para el miedo.

“Miedo a las personas altas. Miedo a las personas bajitas…”

Posiblemente, este sea el peor de los miedos: el miedo al otro.

Cuando dejamos de pensarnos como semejantes y solo nos vemos como rivales.

Cuando en lugar de vernos como personas que pueden conmoverse los unos por los otros, solo nos vemos como rivales,

cuando lo primero que pensamos del nuevo vecino es que seguro nos va a complicar la vida, 

cuando escribimos una nota a la escuela pensando “igual no la van a leer”,

cuando evitamos involucrarnos en la vida de un pibe que sufre pensando “a ver si termino con una denuncia”.

Cuando eso pasa, quiere decir que estamos perdiendo –si aún no lo hicimos– lo más valioso que tenemos: a nuestros pares, otros-como-yo, con quienes pensar juntos y asumir la reconstrucción de la confianza.

Ni jarabes ni retos

Así las cosas, parece que sería tonto no andar preocupados. ¿Cómo vamos a cuidarnos y a cuidar lo que amamos? No es posible estar disponible para sostener la vida y el crecimiento de los que vienen detrás nuestro si estamos preocupados en cuidarnos. Si la mirada está atenta a descubrir el peligro, no puede mirar a los ojos de los que nos están mirando en busca de referencias.  

“No se puede vivir así…”. No, no se puede vivir así. Hay que buscar otra manera. Y tal vez la pista la tengan otra vez los chicos, que cuando tienen miedo piden dejar la luz encendida. Posiblemente tengamos que empezar por ahí, por dejar que la Luz inunde la escena y transforme nuestra forma de mirar(nos).

“No temas”

Esa fue la respuesta de Dios a una María adolescente que temblaba sintiéndose pequeña para sostener lo que Él le estaba proponiendo, y también para José, que tomaba conciencia de lo que podía implicar jugársela por el amor de su vida.

“No teman”, les dijo a los pastores, cuando descubrieron las señales que les indicaban que tenían que ponerse en marcha, y para Jairo, cuando el mundo se le derrumbaba por la muerte de su hija.

Y a sus discípulos cuando se sintieron solos, débiles y muertos de miedo para seguir invitando a construir el Reino:

         “No teman, yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”

Hagamos lugar a la Luz y dejemos que se cuele en todos los rincones. Para eso es necesario abrir puertas y ventanas, salir de nuestras fortalezas y reunirnos… en su nombre.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2026

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