Anunciar a Dios en la otra mitad del mundo

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Entrevista a la hermana Claudia Aragón, Hija de María Auxiliadora y misionera en las Islas Salomón.

Por: Ezequiel Herrero y Valentina Costantino

boletin@donbosco.org.ar

«Claudia, te voy a enviar a un lugar lejos de tu patria, de tu tierra y de tu continente, en la otra parte del mundo, a las Islas Salomón en Oceanía, donde la iglesia es nueva y nuestra presencia es muy joven”. Con esas palabras la Madre General le anunciaba a la hermana  Claudia Aragón, Hija de María Auxiliadora y oriunda de Tucumán, su nuevo destino como misionera. “Fui directo a Google y vi un paraíso”

Hoy ya pasaron más de diez años desde aquel día, y una delicada situación de salud obligó a esta entusiasta y comprometida misionera a regresar a su tierra natal para recuperarse. Sin embargo, una parte de su corazón quedó en las islas, y hoy, a miles de kilómetros de esa vida alrededor del océano, nos comparte  algunos aprendizajes y experiencias de la otra parte del mundo.

¿En qué consiste la presencia de las Hijas de María Auxiliadora en las Islas Salomón?

Estamos ahí desde el 2007. Nuestra presencia apuesta sobre todo a la educación de las mujeres y a brindar contención a las jóvenes estudiantes

Cuando llegaron las hermanas vivían en un lugar que les prestaron los salesianos, después adquirieron una propiedad muy cerca de ellos. A partir de entonces, comenzaron a preguntarle a las personas qué necesitaban. Algunos dijeron que era importante tener una escuela primaria católica, y muchos otros, mencionaron la apuesta por la mujer. 

Allí no hay escuela para mujeres, especialmente para las que no tuvieron oportunidad de estudiar en su momento. Es muy fácil que dejen el secundario por falta de recursos. Y así comenzó la idea de hacer una escuela para mujeres. 

Tiempo después las hermanas vieron que las chicas venían de islas lejanas y no tenían dónde estar mientras estudiaban, así que se pensó en un albergue que se inauguró en el 2010. Pero cuando las chicas se iban de la escuela, el lugar quedaba vacío. Entonces continuaron con otro proyecto que era tener una escuela que funcione como un centro, que sea de tiempo acotado, para que las mujeres puedan organizar su día a día, y asistir a la escuela.

¿Cómo es la propuesta educativa de allí?

Lo que tenemos es una propuesta de formación integral en donde apostamos a la alfabetización en el caso que lo necesiten, les enseñamos inglés y matemáticas. Otros cursos fuertes son la industria textil, donde aprenden todo de cero, desde tomar las medidas del cuerpo, los distintos tipos de telas, confeccionar los moldes, cortar y coser hasta llegar al producto entregado.

Por otro lado, desde el 2020 también se enseña hotelería. Las Islas Salomón es un lugar muy pobre, pero es bellísimo y tiene mucha atracción turística. Y también tienen catering, donde aprenden la elaboración de alimentos y el servicio. Les enseñan a hacer desde una ensalada –muchas veces no saben lo que es– hasta a hacer o embellecer una cama –que allí casi no se usa–. 

Todo es una novedad y los resultados son muy buenos, nos conocen mucho. Aunque el curso es corto, y ellas no tienen una base previa de estudio, salen muy empoderadas.

¿Cómo surge tu vocación misionera? 

Yo he estado siempre en comunidades de mucha presencia en los barrios, entre la gente. En el 2012 estaba en Formosa con los aborígenes, y tuve que ir a Córdoba para un retiro. Tenía la costumbre de preparar el mate, la Biblia e ir a un arroyito antes de empezar todo. Me golpeaba en ese tiempo lo que es la guerra, los lugares en Siria… Y sentí el llamado

Eso habrá sido a veinte años de sentir que quería ser hermana. Y para mí fue una novedad en ese tiempo. Cuando la inspectora me saludó para despedirse, le dije: «Tengo algo para comentarte cuando vengas a Formosa». En mayo vino y le conté. Ahí comenzó un año de discernimiento. Luego le escribí una carta a la Madre y le pedí ser misionera. Me aceptaron y me fui a Roma para estudiar un año en la Universidad Urbaniana, era un grupo de hermanas de distintos países. 

En Navidad la Madre nos llamó una por una y nos dijo donde íbamos a ir. A mi me dijo: «Claudia, te voy a enviar a un lugar lejos de tu patria, de tu tierra y de tu continente, en la otra parte del mundo, a las Islas Salomón en Oceanía, donde la iglesia es nueva y nuestra presencia es muy joven”. Fui directo a Google y vi un paraíso.

¿Cuál fue el desafío o cuáles son los miedos que se presentan frente a la posibilidad de ir a misionar a un lugar tan lejano siendo mujer?

En Roma me habían preparado para esto, porque de repente el hecho de vivir en una isla, que estás alejada completamente todo… Y la cultura es muy machista. Yo creo que también se juega que somos religiosas y somos muy apreciadas por la gente. Entonces, de repente no es que tenía tantos temores. Empezás de cero, no es que tenés un lugar o un rol. Yo limpiaba todos los rincones porque las hermanas no tenían tiempo de hacerlo. Hacia esas pequeñas cosas, y de a poco, empezás a interactuar. Me he sentido muy esperada y muy querida.

¿Cuál te parece que fue tu mayor aporte y tu mayor aprendizaje? 

Yo creo que el hecho del trabajo con la mujer, sobre todo lo que es el centro de formación profesional que tenemos, que era muy chiquito en ese momento y que ha ido creciendo. A lo largo de los años hemos ido agregando cursos y dándole forma de educación formal. 

Aprendés que no hay que imponer ideas, porque la idea tuya viene de lejos. Siento que me he enriquecido mucho en las nuevas formas de ver las cosas. Te abrís a un Dios que es amplio, abarcativo, rico en las culturas, que vive, que vibra en cada cultura, y bueno, de esa misma forma uno va aprendiendo y vibrando

Te abrís a un Dios que es amplio, abarcativo, rico en las culturas, que vive, que vibra en cada cultura, y bueno, de esa misma forma uno va aprendiendo y vibrando.

Algo que aprendí es la forma de rezar. Ellos tienen una forma de rezar muy particular. Aprendí que llega un tiempo para rezar las cosas y que el mismo lugar te lo ofrece

Frente a las realidades más adversas, hostiles, ¿por qué y cómo llevar una Palabra de fe, de esperanza, de Dios?

Es un pueblo que está muy arraigado en la fe. Los maristas han hecho mucho, sobre todo en lo que es la fe mariana. El amor que tienen a la Virgen. Entonces sí, uno lo lleva, pero también lo encuentra de otra forma.

Han pasado cosas muy difíciles a lo largo de los años: terremotos, ciclones, tomas civiles… El sistema de salud no es muy bueno, es frágil y pobre, eso hace que haya muertes muy jóvenes. Entonces la cosa es estar con ellos. Creo que es la forma de transmitir la fe que tenemos, estando con ellos, siendo presencia con ellos y sufriendo con ellos en las cosas que van sufriendo. 

Ellos son mucho de la Biblia, eso hace que Dios sea un Dios muy presente en la palabra y muy vivo, acompañando. Yo no considero que haya sido una misionera que fue con la bandera de la evangelización, sino una que va y lo descubre a un Dios que está actuando ahí y te relacionas ahí con ese Dios, con esas situaciones, con esas personas y tenés que ser fuerte.

¿Qué pasó el 4 de octubre?

Me enfermé mucho de malaria todos estos años. La primera vez fue en el 2018, me acuerdo que estaba con alucinaciones a la noche y pensé: «¿Será que me estoy por morir?». Ahí empecé. Es muy fuerte, te da fiebre, tenes mucho dolor de cabeza… Y así fue, tres veces al año, cuatro, siete, en el 2024 me enfermaba todos los meses, y siempre dentro de un ritmo de trabajo muy fuerte. A lo último me enfermaba dos veces al mes. Y el 4 de octubre del año pasado yo creía que estaba lista para morir, me sentía muy débil y sentía que era el día. Le había dicho a Dios: «Si considerás que estoy lista, ya me has dado tanto a esta altura de la vida que no puedo esperar más». Escribí una carta sobre lo que esperaba y deseaba para la misión. 

Me gustaría volver si es que me recupero bien y si Dios me lo muestra así. Si Dios me muestra otra cosa, encantada. Lo que me muestre ahí estaré. Pero si Él me muestra que tengo que volver, voy a estar muy agradecida.

Y eso me hizo dar cuenta que capaz que me tenía que volver o que tenía que pedir un tiempo. Logré escribirle a la madre y explicarle todo. Viajé en diciembre, pero en esos meses logré acomodar todo e ir haciendo los pequeños procesos de despedida por si no puedo volver más. 

Me gustaría volver si es que me recupero bien y si Dios me lo muestra así. Si Dios me muestra otra cosa, encantada. Lo que me muestre ahí estaré. Pero si Él me muestra que tengo que volver, voy a estar muy agradecida.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2026

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