¿Querer es poder?

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Las buenas intenciones a veces no son suficientes.

Por: Karina Pugliese

karip752002@yahoo.com.ar

Laura nació y creció en un contexto de bajos recursos económicos, en una familia que subsiste a partir de changas. Terminó la secundaria siendo mayor de edad en un CENS, recorriendo un camino educativo atravesado por interrupciones, responsabilidades tempranas y urgencias cotidianas. 

Su deseo era concreto: ir a la facultad. No como mandato social ni como imposición familiar, sino como proyecto personal y horizonte de transformación. Sin embargo, ese deseo chocó con una serie de condicionamientos que para muchos resultan imperceptibles: la imposibilidad de costear apuntes, el transporte diario y el tiempo necesario para estudiar cuando la prioridad es aportar al sostén económico del hogar. 

A esto se suma un entramado cultural profundamente arraigado. En su familia, como en muchas otras, las mujeres suelen estar abocadas a las tareas de cuidado y comienzan a trabajar apenas finalizan la escuela secundaria. Estudiar una carrera universitaria no aparece como una opción natural, sino como una excepción lejana, difícil de sostener y, muchas veces, inviable

“Si vos querés, podés”

La frase circula con fuerza en discursos motivacionales, publicidades, redes sociales y hasta en ámbitos educativos. Se repite como un mantra incuestionable, como si el deseo individual fuera condición suficiente para alcanzar cualquier objetivo. 

Sin embargo, detrás de esa consigna aparentemente positiva se esconde una lógica que, lejos de empoderar, muchas veces genera frustración, culpa y una profunda sensación de insuficiencia

La idea de que todo es posible si hay voluntad construye una promesa que rara vez se cumple en la vida real. No porque las personas no quieran lo suficiente, sino porque la realidad es compleja, desigual y atravesada por múltiples variables. Contextos económicos, trayectorias familiares, acceso a derechos básicos, salud mental, oportunidades reales y acompañamiento social son factores determinantes que no pueden ser ignorados sin consecuencias. 

Cuando el mensaje dominante afirma que “si no lo lograste es porque no quisiste”, la responsabilidad se deposita exclusivamente en el individuo. Así se invisibilizan las condiciones estructurales y se instala una mirada meritocrática que juzga sin comprender. El resultado es una sociedad exigida, agotada y, en muchos casos, frustrada por no alcanzar modelos de éxito que se presentan como universales, pero que no lo son. 

En un Reel de un minuto parece posible emprender un negocio, viajar por el mundo, cambiar de profesión, sanar heridas emocionales o incluso comprender a Dios.

Las redes sociales amplifican este fenómeno. En un Reel de un minuto parece posible y sencillo aprender a cocinar de manera saludable, emprender un negocio, viajar por el mundo, cambiar de profesión, sanar heridas emocionales o incluso comprender a Dios. Todo aparece simplificado, editado, recortado. No hay proceso, no hay duda, no hay tiempo para la reflexión, se ofrecen respuestas rápidas a preguntas profundas. 

Incluso temas complejos como la espiritualidad o la teología son abordados muchas veces desde slogans cerrados, como “ideas únicas”, que no invitan a pensar sino a consumir una verdad empaquetada. Se pierde así el espacio del cuestionamiento, del silencio, del camino personal. Comprender, transformar o sanar no suele ocurrir en un minuto, ni sin conflicto interno. 

¿Se puede sin voluntad?

La voluntad, por supuesto, es importante. Es un motor necesario para iniciar cambios y sostener decisiones. Pero no es infinita ni funciona de la misma manera en todos los contextos. Hay momentos en los que la voluntad se agota, se quiebra o necesita ser acompañada, y pretender que todo depende de ella es desconocer la dimensión humana de la fragilidad. 

También cabe preguntarse: ¿se puede sin voluntad? En muchos casos, los procesos de crecimiento comienzan incluso antes de que la persona tenga claridad o fuerza interna. Aparecen a través del acompañamiento, de una red, de una palabra oportuna, de un espacio de escucha. Nadie se construye solo. 

Pretender que todo depende de la voluntad es desconocer la dimensión humana de la fragilidad. 

El caso de Laura –compartido al principio del artículo– no es una excepción: es el reflejo de miles de historias silenciadas, donde el deseo existe y el esfuerzo está, pero las condiciones no acompañan. Reconocer que no todos pueden acceder aunque quieran no es resignación, sino un acto de responsabilidad social. Esto implica comprender que el poder personal no se despliega en el vacío, sino que necesita ser acompañado por oportunidades reales, redes de apoyo y políticas que contemplen las desigualdades estructurales, recuperar una mirada más humana, más justa y más realista.

El verdadero cambio no ocurre solo cuando alguien puede, sino cuando como sociedad dejamos de naturalizar privilegios y empezamos a construir condiciones para que el deseo también sea posible.

Tal vez el verdadero desafío no sea querer más, sino comprender mejor. Comprender que el poder personal no nace de la exigencia constante, sino del autoconocimiento, de la valoración propia y del acompañamiento mutuo. Porque cuando el discurso deja de exigir y empieza a comprender, la transformación deja de ser una promesa vacía y se convierte en un camino posible.


Desde hace quince años Karina Pugliese forma parte de la Obra de Don Bosco. Con el paso del tiempo se fue involucrando y conociendo la propuesta salesiana en Isidro Casanova,  La Matanza, provincia de Buenos Aires. Allí coordina un centro socioeducativo que trabaja con jóvenes del barrio que se encuentran en situación de vulnerabilidad, y que en muchas ocasiones, se desvinculan de la escolaridad. “Es un lugar en donde nuestros pibes y pibas pueden venir, y podemos ayudarlos a salir de la calle, del consumo o de situaciones de violencia familiar”, explica.

A partir de estas experiencias Karina escribió “El poder está en mí”, un libro publicado por Editorial Algoritmo que comparte desde un enfoque psicológico y desde una mirada social el aprendizaje que fue adquiriendo en todos sus años de trabajo y las historias con las que se fue encontrando a lo largo del camino. El libro está dirigido principalmente a quienes acompañan a jóvenes vulnerables, y plantea las distintas estrategias para hacerlo; también la importancia de trabajar la autoestima, de corregir las decisiones tomadas desde el ego, de posicionarnos en la vida desde el agradecimiento y creer que todos estamos llamados a encontrar nuestro proyecto de vida.

Podés encontrar en libro en este enlace

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