El Centro Educativo Don Bosco de San Miguel de Tucumán.

Por Marcos Aguirre
maguirre@donbosco.org.ar
Frente a la Plaza Bernardo de Irigoyen, en el barrio El Bosque de San Miguel de Tucumán, se encuentra el Centro Educativo Don Bosco. Allí, niños, jóvenes y adultos encuentran una propuesta integral donde se despliegan las cuatro dimensiones necesarias e
inseparables de la formación en espacios populares: Casa, Colegio, Capilla y Club.
Francesca tiene diez años y entre las cosas que más le gustan del Centro menciona la posibilidad de compartir las tardes y juegos con sus amigos, además de los talleres y campamentos. Ian, con trece años, y Kiara de diez, coinciden y agregan como un elemento importante la presencia de los profesores, que los acompañan durante toda la jornada y preparan las actividades. Finalmente Ámbar expresa: “me gusta porque aquí me ayudan con las tareas y no hay violencia”. Ellos son solo algunos de los cientos de chicos y chicas que desde hace casi seis décadas transitan por el Centro Educativo Don Bosco.
Navegar distintas realidades
El 22 de agosto de 1966, por decreto, se cerraron 11 de los 27 ingenios que funcionaban en la provincia de Tucumán. Cincuenta mil obreros fueron despedidos y la desocupación trepó a quince puntos, tres veces más que la media nacional. Como consecuencia, 300 mil tucumanos y tucumanas –un cuarto de la población– se vieron obligados a emigrar, la mayoría de ellos a Buenos Aires. Otros muchos formaron asentamientos dando origen a un cordón de pobreza alrededor de la ciudad de San Miguel de Tucumán. Allí es donde hoy se ubica el centro.
En ese entonces, el padre José Carrone, salesiano y párroco de San Juan Bosco, junto a la ayuda de vecinos, empresarios y del gobierno, abrió las puertas del Comedor Don Bosco. Gracias a la animación y el compromiso de diversos grupos de educadores populares que “tomaron la posta” en cada periodo de su existencia, el comedor pudo siempre navegar en las tumultuosas aguas de las crisis sociales que atravesamos como país.
“Cada encuentro es una oportunidad para acompañarlos en sus recorridos, respetando sus tiempos, emociones y contextos”, expresa María, tallerista de apoyo escolar.
“Es mucho más que la ejecución de un taller destinado a niños, niñas y adolescentes, se trata de una experiencia tan desafiante como enriquecedora; y cada encuentro es una oportunidad para acompañarlos en sus recorridos, respetando sus tiempos, emociones y contextos”, expresa María, tallerista de apoyo escolar, y afirma que el objetivo no es solo reforzar contenidos escolares, sino también construir vínculos, despertar curiosidades y sembrar confianza: “A pesar de las dificultades, cada pequeño avance se vuelve un logro colectivo”.
La solidaridad de vecinos, de las comunidades educativas de los Colegios Salesianos y de diversos grupos de “Amigos de la Obra”, son fundamentales para este proyecto. Ellos, a través de diversas iniciativas, recaudan fondos para el sostenimiento económico. Además, a través de convenios de financiamiento con el Estado Provincial y Nacional, y de proyectos presentados a Procuras Nacionales e Internacionales –que buscan financiamiento en Empresas y Organismos–, se apoya esta iniciativa que apunta al desarrollo educativo de personas y de territorios socialmente vulnerables.
Un círculo de solidaridad
Desde hace algunos años el Comedor Infantil Don Bosco cambió su nombre a Centro Educativo Don Bosco. Si bien la energía se centra principalmente en la educación de niños y niñas, se encuentran trabajando para expandirse y llegar a los adolescentes y a los adultos, especialmente quienes atraviesan el flagelo del abandono escolar, el consumo problemático de sustancias y el no acceso al trabajo remunerado.
Hoy en día el Centro cuenta con cincuenta niños y niñas de 7 a 14 años que cursan la escuela primaria y los primeros años del secundario en diversos establecimientos educativos de la zona. Las actividades se realizan en dos turnos: mañana y tarde.
“Los años de infancia fueron una etapa muy feliz. Viví junto a los chicos el día a día, lleno de juegos, talleres, campamentos, y tantas actividades que me fueron formando como persona”, recuerda Mario quien ingresó cuando tenía dos años, al inicio de la obra. Hoy es asistente general del Centro, y se encuentra al cuidado de los pequeños. Con cariño, comparte que su misión es “devolver todo lo bueno que yo mismo pude recibir de pequeño”.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – SEPTIEMBRE 2025