Me llamo Domingo Tomatis

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Por: Néstor Zubeldía, sdb

nzubeldia@donbosco.org.ar

Me llamo Domingo. Nací en un pueblo de campesinos cerca de Mondoví, en la provincia piamontesa de Cúneo. El mismo día de mi nacimiento fui bautizado en la vieja iglesia parroquial dedicada a la Santísima Trinidad y recibí el nombre de mi abuelo paterno. Lamentablemente, mamá murió muy joven, a los veinticinco años. Mi hermanita Magdalena acababa de nacer. Ese día también quedamos huérfanos Catalina, de tres años, y yo, que era el mayor, con solo cinco. Papá se volvió a casar y en poco tiempo nacieron otros cinco Tomatis para completar la lista. 

Cuando tenía trece años, aconsejado por el tío José, que era jesuita y conocía a Don Bosco, entré como estudiante al oratorio de Valdocco. En esa época fui testigo de un hecho que me quedó grabado para siempre. Don Bosco predijo la muerte de dos compañeros míos, Pablo y Francisco. A ellos les aseguró que irían al paraíso. A mí, en cambio, que estaba justo entre los dos, charlando con Don Bosco, me dijo ese día: “Con vos todavía tenemos que compartir muchos panes”. Mis compañeros se enfermaron y murieron poco después. Yo pude terminar mis estudios, recibirme de maestro y doctorarme en letras en la Universidad de Turín. Cuando hice mis primeros votos, estudiaba filosofía y a la vez daba clase en la escuela a los más chicos. Así aprendíamos a ser salesianos junto a Don Bosco. Cuando me ofrecí para partir como misionero a América en 1875, él me presentó con orgullo como doctor en bellas letras y me nombró cronista de esa primera expedición que había preparado con tanta expectativa. ¡Con qué gusto tomé nota de todo cuidadosamente durante el largo viaje en barco! 

En la Argentina fui profesor para los muchachos en San Nicolás de los Arroyos y también el primero de los misioneros que se animó a predicar en español. Como Don Bosco no dejaba ningún cabo suelto, ya antes de que zarpáramos de Génova le había encargado a don Cagliero que me pidiera traducir al idioma de los argentinos el manual de aritmética que él había hecho años atrás, bien sencillo, para que pudiera entenderlo todo el mundo. Nuestro santo fundador quería que primero conociéramos bien nuestro nuevo ambiente, los modos, las costumbres y las palabras de la gente común. Recién después podría traducir su libro de acuerdo al lenguaje y a las necesidades del pueblo. Así había hecho él mismo desde joven. Monseñor Aneiros me confió también la nueva parroquia de Ramallo, un pueblo a orillas del Paraná, a unos treinta kilómetros de San Nicolás. Por varios años recorrí esa distancia a caballo todos los fines de semana para celebrar los sacramentos. Cuando don Fagnano se enfermó de tifus, me nombraron director en su lugar en San Nicolás. Estuve allí hasta 1887. Al año siguiente, después de trece en la Argentina, crucé la cordillera para iniciar la presencia salesiana en Chile.

Domingo Tomatis (1849-1912) fue uno de los dos sacerdotes más jóvenes entre los diez primeros misioneros salesianos que llegaron a América. Desde entonces vivió treinta y siete años en nuestro continente, hasta su muerte en Santiago de Chile, el 8 de octubre de 1912, a los 69 años. Su diario de viaje De Génova a Buenos Aires y su epistolario, publicado en 1992, nos permiten acceder a información de primera mano sobre su vida y la de aquellos pioneros. 

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