El pibe de la foto

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Tal vez no sepas o no recuerdes su nombre, pero lo conocés. Es el pibe que está confesándose con Don Bosco en aquella foto famosa de 1861. A cien años de la muerte de Pablo Albera, segundo sucesor de Don Bosco

Por Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar

Seguro que lo conocés. Tal vez no sepas o no recuerdes su nombre, pero lo conocés. Es el pibe que está confesándose con Don Bosco en medio de un montón de chicos y jóvenes en aquella foto famosa de 1861.

“¡Vení, Pablito, vení!”, lo llamó, invitándolo a ocupar el reclinatorio para esa foto que será por sí sola toda una catequesis, una descripción del ambiente de escucha y de confianza que Don Bosco siempre quiso crear entre sus muchachos.

Pero es muy probable que no sepas mucho más. Por eso, ya que este año se cumple el centenario de su muerte, te voy a contar. No toda su vida, porque no alcanzarían estas páginas, pero al menos algunas características suyas que hacen que el de Pablo Albera sea un nombre digno de recordar en la memoria salesiana.

De los primeros

“Pablito” no llegó a conocer los días del oratorio ambulante, cuando Don Bosco andaba de aquí para allá buscando un lugar en las barriadas de Turín donde reunir a sus muchachos. Cuando él llegó a Valdocco el oratorio ya estaba instalado y en marcha. Don Bosco había levantado la iglesia de San Francisco de Sales y había abierto su casa para hospedar a los muchachos. Todavía estaban frescas en el ambiente las historias del joven Domingo Savio, que había muerto apenas el año anterior, y Miguel Magone empezaba a corretear por esos mismos patios. Pablito se adaptó enseguida a su nuevo ambiente, se destacó por su responsabilidad para el estudio y se hizo muy amigo de Don Bosco.

Con solo catorce años de edad, era demasiado chico para estar en el grupo de aquellos primeros muchachos que el santo convocó en la noche del 18 de diciembre de 1859 para hacerles la propuesta de fundar con ellos una nueva congregación. Pero en 1862, al año siguiente de la foto famosa, Pablo Albera formará parte del primer grupo de veintidós jóvenes que harán sus votos como salesianos. De allí en adelante Don Bosco le encargará siempre tareas de suma confianza. 

“Pablito” se adaptó enseguida al oratorio, se destacó por su responsabilidad para el estudio y se hizo muy amigo de Don Bosco.

En 1863 estuvo entre los primeros salesianos que dejaron Turín para abrir una nueva casa. Fueron cerca, apenas a cien kilómetros, en Mirabello Monferrato, bajo la dirección del joven sacerdote Miguel Rua, de 26 años. 

Cuando él tenga 26 le tocará ir más lejos, hacia el mar, para abrir la nueva casa salesiana en las afueras de Génova, donde Don Bosco lo envió como director. Poco después le tocará trasladar esa casa a otro pueblo vecino, Sampierdarena. Allí acompañará la experiencia de las vocaciones adultas, ayudará en la preparación de las primeras expediciones misioneras a América que zarparían desde el cercano puerto de Génova y abrirá la imprenta de donde saldrán las primeras ediciones del Boletín Salesiano.

“Le petit Don Bosco”

Poco a poco los pasos se harán más largos. Y así Pablo Albera será enviado por Don Bosco a Marsella, en el sur de Francia, donde al crecer la Congregación será el primer inspector salesiano. A su llegada había en Francia tres casas salesianas. Cuando diez años después concluya su misión, llegarán a trece y Pablo Albera será conocido en todas partes como “le petit Don Bosco”, es decir “el pequeño Don Bosco”.

“Pablito, Pablito”, murmuraba Don Bosco en Turín llamando en la agonía a su amigo lejano. El 12 de enero de 1888 Pablo Albera volvió de Francia para despedirse con profunda tristeza de ese hombre a quien veneraba como a un padre. Pero en Francia lo esperaban tareas urgentes y el viaje siguiente a Turín sería recién en febrero para asistir a los multitudinarios funerales del santo.

En 1891, a la muerte de Don Bonetti, Pablo Albera es elegido para reemplazarlo como director espiritual de la joven congregación que, bajo la dirección de Miguel Rua, primer sucesor de Don Bosco, se expande incesantemente por el mundo.

La vuelta al mundo

En su nueva tarea, Pablo Albera predicará retiros espirituales por todas partes a salesianos e hijas de María Auxiliadora y visitará las casas de formación. Pero además fue el primer salesiano que llegó a recorrer casi todas las obras del mundo en cuatro continentes. Para eso, en tiempos en que apenas empezaban a conocerse los primeros automóviles y antes de que volaran los primeros aviones, Pablo Albera cruzó mares y ríos, selvas y montañas, viajando en embarcaciones de todo tipo y tamaño, a caballo, a lomo de mula y a pie, en tren, en galeras y diligencias. Así visitó durante tres años las más de doscientas obras salesianas. 

Apenas comenzado el siglo XX se reencuentra, en Argentina, con monseñor Cagliero y preside con él un congreso de salesianos cooperadores. Visita desde presidentes y obispos hasta los lazaretos de los leprosos y las chozas de los pueblos amazónicos. “El nombre de Don Bosco allanó caminos, venció los obstáculos y ganó las simpatías y los corazones”, escribe en el Boletín Salesiano que difunde paso a paso su recorrido por el continente y sus experiencias. A la muerte de Don Rua, en 1910, a todos les pareció lo más lógico que Pablo Albera fuera elegido como segundo sucesor de Don Bosco.

Vientos de guerra

Durante sus primeros años como Rector Mayor continuó sin pausa la expansión de la Congregación. Cada año Don Albera despedía en Turín nuevas expediciones de misioneros salesianos para distintos lugares del mundo. Hasta que comenzaron a soplar vientos de guerra. Justo cuando se preparaban las grandes celebraciones de 1915 por el centenario del nacimiento de Don Bosco, se desató lo que sería la Primera Guerra Mundial (1914-1918). 

Durante su servicio como Rector Mayor se desató la Primera Guerra Mundial. Se preocupó de mantener la comunicación y la ayuda de todo tipo con los salesianos.

Fueron años muy difíciles para todos. Y aún así, Pablo Albera se preocupó de mantener la comunicación y la ayuda de todo tipo con los salesianos llamados a las armas. Pero también abrió casas para alojar a los huérfanos de guerra o a los desplazados, o incluso oratorios para los jóvenes soldados en las casas salesianas cercanas a las zonas de combate.

Sobre el fin de la guerra celebró los cincuenta años de la basílica de María Auxiliadora, que coincidían con igual aniversario de su propia ordenación sacerdotal en 1868. Murió en Turín, el 29 de octubre de 1921, a los 76 años. Los salesianos ya estaban presentes en cuarenta y cinco países.

La foto que falta

Sólo nos faltaría una foto que nadie pudo registrar, para sumar a la famosa de 1861. Es la del momento en que Don Bosco visitó el pequeño pueblo de None, cerca de Turín, en 1858, para predicar allí una novena. Lo acompañaba el joven Miguel Rua. Entonces el viejo párroco les presentó a un chico de trece años, Pablito, el menor de los siete hermanos Albera y de lo mejorcito del pueblo, y le pidió a Don Bosco: “Llévelo con usted”.


Pablo Albera, a quien Don Bosco llamó siempre “Pablito”, nació en None, cerca de Turín, Italia, entonces reino del Piamonte, el 6 de junio de 1845. Era el menor de siete hermanos de los que dos varones y una mujer fueron religiosos de distintas congregaciones. 

El párroco de None, don Mateo Abrate, se lo presentó a Don Bosco en una visita al pueblo pidiéndole que lo llevara a estudiar con él a Valdocco. Fue ordenado sacerdote salesiano el 2 de agosto de 1868. El 16 de agosto de 1910, tras la muerte de Don Rua, fue elegido por el Capítulo General como segundo Rector Mayor de la Sociedad Salesiana, hasta su muerte en Turín el 29 de octubre de 1921, a los setenta y seis años de edad.


BOLETIN SALESIANO – MARZO 2021

El pibe de la foto

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Tal vez no sepas o no recuerdes su nombre, pero lo conocés. Es el pibe que está confesándose con Don Bosco en aquella foto famosa de 1861. A cien años de la muerte de Pablo Albera, segundo sucesor de Don Bosco

Por Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar

Seguro que lo conocés. Tal vez no sepas o no recuerdes su nombre, pero lo conocés. Es el pibe que está confesándose con Don Bosco en medio de un montón de chicos y jóvenes en aquella foto famosa de 1861.

“¡Vení, Pablito, vení!”, lo llamó, invitándolo a ocupar el reclinatorio para esa foto que será por sí sola toda una catequesis, una descripción del ambiente de escucha y de confianza que Don Bosco siempre quiso crear entre sus muchachos.

Pero es muy probable que no sepas mucho más. Por eso, ya que este año se cumple el centenario de su muerte, te voy a contar. No toda su vida, porque no alcanzarían estas páginas, pero al menos algunas características suyas que hacen que el de Pablo Albera sea un nombre digno de recordar en la memoria salesiana.

De los primeros

“Pablito” no llegó a conocer los días del oratorio ambulante, cuando Don Bosco andaba de aquí para allá buscando un lugar en las barriadas de Turín donde reunir a sus muchachos. Cuando él llegó a Valdocco el oratorio ya estaba instalado y en marcha. Don Bosco había levantado la iglesia de San Francisco de Sales y había abierto su casa para hospedar a los muchachos. Todavía estaban frescas en el ambiente las historias del joven Domingo Savio, que había muerto apenas el año anterior, y Miguel Magone empezaba a corretear por esos mismos patios. Pablito se adaptó enseguida a su nuevo ambiente, se destacó por su responsabilidad para el estudio y se hizo muy amigo de Don Bosco.

Con solo catorce años de edad, era demasiado chico para estar en el grupo de aquellos primeros muchachos que el santo convocó en la noche del 18 de diciembre de 1859 para hacerles la propuesta de fundar con ellos una nueva congregación. Pero en 1862, al año siguiente de la foto famosa, Pablo Albera formará parte del primer grupo de veintidós jóvenes que harán sus votos como salesianos. De allí en adelante Don Bosco le encargará siempre tareas de suma confianza. 

“Pablito” se adaptó enseguida al oratorio, se destacó por su responsabilidad para el estudio y se hizo muy amigo de Don Bosco.

En 1863 estuvo entre los primeros salesianos que dejaron Turín para abrir una nueva casa. Fueron cerca, apenas a cien kilómetros, en Mirabello Monferrato, bajo la dirección del joven sacerdote Miguel Rua, de 26 años. 

Cuando él tenga 26 le tocará ir más lejos, hacia el mar, para abrir la nueva casa salesiana en las afueras de Génova, donde Don Bosco lo envió como director. Poco después le tocará trasladar esa casa a otro pueblo vecino, Sampierdarena. Allí acompañará la experiencia de las vocaciones adultas, ayudará en la preparación de las primeras expediciones misioneras a América que zarparían desde el cercano puerto de Génova y abrirá la imprenta de donde saldrán las primeras ediciones del Boletín Salesiano.

“Le petit Don Bosco”

Poco a poco los pasos se harán más largos. Y así Pablo Albera será enviado por Don Bosco a Marsella, en el sur de Francia, donde al crecer la Congregación será el primer inspector salesiano. A su llegada había en Francia tres casas salesianas. Cuando diez años después concluya su misión, llegarán a trece y Pablo Albera será conocido en todas partes como “le petit Don Bosco”, es decir “el pequeño Don Bosco”.

“Pablito, Pablito”, murmuraba Don Bosco en Turín llamando en la agonía a su amigo lejano. El 12 de enero de 1888 Pablo Albera volvió de Francia para despedirse con profunda tristeza de ese hombre a quien veneraba como a un padre. Pero en Francia lo esperaban tareas urgentes y el viaje siguiente a Turín sería recién en febrero para asistir a los multitudinarios funerales del santo.

En 1891, a la muerte de Don Bonetti, Pablo Albera es elegido para reemplazarlo como director espiritual de la joven congregación que, bajo la dirección de Miguel Rua, primer sucesor de Don Bosco, se expande incesantemente por el mundo.

La vuelta al mundo

En su nueva tarea, Pablo Albera predicará retiros espirituales por todas partes a salesianos e hijas de María Auxiliadora y visitará las casas de formación. Pero además fue el primer salesiano que llegó a recorrer casi todas las obras del mundo en cuatro continentes. Para eso, en tiempos en que apenas empezaban a conocerse los primeros automóviles y antes de que volaran los primeros aviones, Pablo Albera cruzó mares y ríos, selvas y montañas, viajando en embarcaciones de todo tipo y tamaño, a caballo, a lomo de mula y a pie, en tren, en galeras y diligencias. Así visitó durante tres años las más de doscientas obras salesianas. 

Apenas comenzado el siglo XX se reencuentra, en Argentina, con monseñor Cagliero y preside con él un congreso de salesianos cooperadores. Visita desde presidentes y obispos hasta los lazaretos de los leprosos y las chozas de los pueblos amazónicos. “El nombre de Don Bosco allanó caminos, venció los obstáculos y ganó las simpatías y los corazones”, escribe en el Boletín Salesiano que difunde paso a paso su recorrido por el continente y sus experiencias. A la muerte de Don Rua, en 1910, a todos les pareció lo más lógico que Pablo Albera fuera elegido como segundo sucesor de Don Bosco.

Vientos de guerra

Durante sus primeros años como Rector Mayor continuó sin pausa la expansión de la Congregación. Cada año Don Albera despedía en Turín nuevas expediciones de misioneros salesianos para distintos lugares del mundo. Hasta que comenzaron a soplar vientos de guerra. Justo cuando se preparaban las grandes celebraciones de 1915 por el centenario del nacimiento de Don Bosco, se desató lo que sería la Primera Guerra Mundial (1914-1918). 

Durante su servicio como Rector Mayor se desató la Primera Guerra Mundial. Se preocupó de mantener la comunicación y la ayuda de todo tipo con los salesianos.

Fueron años muy difíciles para todos. Y aún así, Pablo Albera se preocupó de mantener la comunicación y la ayuda de todo tipo con los salesianos llamados a las armas. Pero también abrió casas para alojar a los huérfanos de guerra o a los desplazados, o incluso oratorios para los jóvenes soldados en las casas salesianas cercanas a las zonas de combate.

Sobre el fin de la guerra celebró los cincuenta años de la basílica de María Auxiliadora, que coincidían con igual aniversario de su propia ordenación sacerdotal en 1868. Murió en Turín, el 29 de octubre de 1921, a los 76 años. Los salesianos ya estaban presentes en cuarenta y cinco países.

La foto que falta

Sólo nos faltaría una foto que nadie pudo registrar, para sumar a la famosa de 1861. Es la del momento en que Don Bosco visitó el pequeño pueblo de None, cerca de Turín, en 1858, para predicar allí una novena. Lo acompañaba el joven Miguel Rua. Entonces el viejo párroco les presentó a un chico de trece años, Pablito, el menor de los siete hermanos Albera y de lo mejorcito del pueblo, y le pidió a Don Bosco: “Llévelo con usted”.


Pablo Albera, a quien Don Bosco llamó siempre “Pablito”, nació en None, cerca de Turín, Italia, entonces reino del Piamonte, el 6 de junio de 1845. Era el menor de siete hermanos de los que dos varones y una mujer fueron religiosos de distintas congregaciones. 

El párroco de None, don Mateo Abrate, se lo presentó a Don Bosco en una visita al pueblo pidiéndole que lo llevara a estudiar con él a Valdocco. Fue ordenado sacerdote salesiano el 2 de agosto de 1868. El 16 de agosto de 1910, tras la muerte de Don Rua, fue elegido por el Capítulo General como segundo Rector Mayor de la Sociedad Salesiana, hasta su muerte en Turín el 29 de octubre de 1921, a los setenta y seis años de edad.


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